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Friday, Jul 1, 2022
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Victoria de Bastianini en Francia o cómo un desconocido se ha convertido en el tipo con más victorias en MotoGP | Deportes

Luce el sol en Rimini. No es novedad. El paseo está vivo, las heladerías advierten de que el verano está a la vuelta de la esquina y las tumbonas de la playa empiezan a llenarse. A la hora de comer, la fritura mixta hace las delicias de los turistas mientras los locales vibran con un chaval del pueblo. Cuando llegan los postres y el ristretto a la mesa, Enea Bastianini, 24 años, aro de plata en el lóbulo izquierdo, el mismo aro de plata que hace años popularizó el ya retirado Valentino Rossi, sube a lo alto del podio. Ha ganado. Otra vez. Y se ha quedado con el private. Otra vez.

No es que el chico esté infravalorado en el paddock, pero siempre fue un outsider, uno de los pocos pilotos italianos que nunca estuvo en el radar de Rossi, ni se formó en su escuela de pilotos; no cenó pizza con el ídolo ni tuvo la suerte, como otros, de escuchar sus consejos. Y eso que nació bien cerca del pueblo del mito, en la llamada playa de Tavullia. Siempre fue por libre la Bestia. Y eso le otorga un aura especial entre los pasillos de los circuitos, poblados de tipos y tipas que a los que nunca les regalaron nada. Gente corriente viviendo una vida especial.

Así es el Mundial y así es Bastianini, el chaval que le ha devuelto la sonrisa a Nadia Padovani, viuda de Fausto Gresini y ahora dueña del equipo que su marido dejó huérfano por culpa de la covid. Le ha sobrado arrojo a Padovani para tomar decisiones y guiar a un equipo que está de enhorabuena. Su piloto, para sorpresa de la mayoría, no es solo el único de la parrilla de MotoGP que ha repetido victoria en estos siete grandes premios que llevamos de temporada, sino que ya acumula tres triunfos. Tres carreras competidas con inteligencia y delicadeza al manillar de una Ducati del 2021; tres carreras ganadas contra pronóstico.

Como en Qatar, la primera cita del año, donde nunca se buscan demasiadas explicaciones a los resultados, consciente como es el private de que todos, piloto y fábricas, se están situando todavía, como en Austin, donde ya empezó a convencer a los hasta entonces incrédulos, Bastianini corrió en Francia con la cabeza y un golpe de muñeca tan fino como lo son sus movimientos encima de la Desmosedici. Ya no es la italiana aquella moto ruda e indomable, tan potente como pesada en los cambios de dirección. A manos del de Rimini ofrece, además, un pilotaje elegante y constante. Que le permite competir calculando el espacio y el tiempo a la perfección.

Tras una magnífica salida que le llevó de la quinta posición en parrilla a la segunda, tan pegado al colín de la Ducati de Jack Miller como cerca estaba de su moto Pecco Bagnaia, con la otra Desmosedici oficial, el italiano rodó toda la carrera pendiente de esas dos GP22, en teoría superiores técnicamente a la suya.

Cuando se cayó Alex Rins tras salirse de la trazada en la segunda vuelta, recuperó la posición que le había arrebatado el español. Y persiguió con denuedo a las dos balas rojas. Logró dar caza a Miller a las diez vueltas. Y se puso a la sombra de Bagnaia. Liviano, efectivo su pilotaje, bellos sus cambios de dirección como pocas veces lo han sido con una Ducati, Enea atacó a Bagnaia en plena chicane a siete giros del closing. El de Turín le devolvió el adelantamiento en la siguiente curva. Tan pegados andaban, tanta presión sentía Pecco, que se coló en Storage Verd, uno de los virajes más míticos del trazado de las 24 horas de resistencia; aprovechó el fallo la moto azul celeste del 23, el tipo al que ahora ya sí, por fin, todos ven con otros ojos; y acabó, con su presión, provocando otro error de Bagnaia. Este fue definitivo. Se fue al suelo apenas un minuto después de perder la primera plaza, entre las curvas 13 y 14, una zona lenta, engañosa, en la que uno aspira a recortar unas décimas de segundo; en la que a veces, esa ansiedad, se paga cara: y en el intento por no perder de vista a Bastianini, Pecco puso punto closing a su GP de Francia.

La lucha había sido maravillosa. Como lo fue, unos metros por detrás, la pelea, primero por la sexta plaza, entre Quartararo, Márquez y Zarco; después entre el francés y Aleix Espargaró por la tercera. El chico de Niza, campeón del mundo y líder del campeonato, nunca se había sentido profeta en su tierra. Nunca hasta este domingo en que las gradas de Le Mans, 110.003 espectadores este domingo, se llenaron hasta arriba para convertir el gran premio en el evento del año con más espectadores en Francia. El empuje de su público le sirvió al de Yamaha para remontar y resistir. No fue suficiente, sin embargo, para acabar en el podio. No hay piloto más duro ni con la ethical más en forma estos días que el mayor de los hermanos Espargaró: seco y fuerte, convencido y feliz con la mejor Aprilia que se ha visto en años, quizá la mejor Aprilia de siempre. Para él fue el tercer puesto. Y para el resiliente Miller, con sus dudas y su pelea porque se le reconozca en los despachos lo que se gana en la pista, fue el segundo.

Otro francés, Zarco, acabó quinto delante de su público. Y Márquez, la gran figura del cartel de MotoGP, lastrada por dos años terribles de lesiones, operaciones, recaídas e incertidumbre, terminó sexto. Fue, sin embargo, mucho más entretenido verle competir de lo que cube el resultado: adelantamientos múltiples, toques, atrevimiento. Quizá con el tiempo los adelantamientos le valgan para subir al podio. De momento, solo les sirven a los espectadores y a los nostálgicos.

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