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Belleza con canas y traición

Quizás una de las consecuencias más positivas de los últimos años de propaganda feminista (a menudo disparatada, pero la mayor parte de las veces enriquecedora) es quizás de las menos publicitadas. Y es que, desde hace cierto tiempo, las mujeres no están obligadas a ser bellas e, incluso, las consideramos hermosas por virtudes que antes solo hermoseaban a los hombres.

          

Hasta hace no mucho se decía que si en la descripción de una mujer se empleaban tres adjetivos y ninguno de ellos period guapa o bella, significaba que period fea. Esto es, estamos hablando de una nueva compañera de trabajo y nos preguntan: ¿qué tal con ella? Si respondíamos algo así como: “es trabajadora, inteligente y constante”; o, que no todo van a ser elogios: “es impuntual, charlatana y desordenada”, estábamos informando, de manera indirecta, que se trataba de una mujer malcarada, ya que el hecho de ser guapa debería ir por delante en cualquier pintura que hiciéramos de una chica.

           

Por fortuna, ya no ocurre lo mismo. (Nuestra compañera puede ser, es un decir, una japuta, inteligente, merciless y deslenguada y, a la vez, extremadamente hermosa, sin que nuestra descripción, carente del adjetivo guapa, implique nada).

           

Es más, como apuntaba antes, ahora nos parecen sexis las mujeres por atributos que antes, en el mejor de los casos, nos hubiera dado apuro reconocer, y, en el peor, no habríamos visto por ningún lado. Es decir, personalidad e inteligencia. Hace un par de semanas veía un debate por televisión. En él, hablaba una mujer de aproximadamente cincuenta años. Su rostro period vagamente agradable, pero, en modo alguno se trataba de una de esas cincuentonas bellezones que en estos días de bisturís estéticos tanto se estilan. Esta mujer decía cosas bastante interesantes, y hablaba con inteligencia y mesura. Cuando llevaba un rato observándola me sorprendí a mí mismo, porque la encontraba muy atractiva. Y lo grave no period eso. Lo más grave es que la mujer en cuestión tenía… ¡el cabello absolutamente blanco! Hasta hace cinco o diez años, quizás menos, la belleza canosa se atribuía exclusivamente a los hombres (o, mejor dicho, a ciertos hombres) (pongamos por caso: George Clooney). El hecho de que ahora una mujer con canas nos pueda parecer atractiva lo considero, si cabe, un avance más importante que el que una mujer pueda llegar a presidenta del gobierno (o de la Comunidad de Madrid).

           

Con esto quiero decir que las mujeres se han liberado de un peaje, el de teñirse las canas sistemáticamente. Y frente a esto, ¿qué hacemos los hombres?

           

Pues aquí interviene un issue que, para qué voy a mentir, me hincha mucho las orejas. Las mujeres se liberan de la obligación de teñirse, y en ese mismo momento histórico muchos hombres (encima suelen ser los más guapos), hombres a los que no dudo en llamar traidores a su sexo, canallas vendidos al oro de Moscú y a los sobornos de las esteticiennes, deciden que los varones también han de depilarse.

           

Francamente, lo considero una aberración digna de estar penada por las leyes. Los hombres, hasta ahora, no tenían necesidad de eliminar el vello; hoy día, por culpa de esos renegados de la masculinidad, comienza a ser casi obligatorio (dentro de unos años va a ir a la playa su puñetera mami). La cuestión comenzó con las piernas. En fin, podía tener algún sentido en los deportistas, sobre todo los forofos de la bicicleta: depilación para evitar la infección de heridas. Luego siguió por el pecho, supongo que por alguna desagradable efebofilia generalizada en la que todo dios quería tener el pecho de un niño de quince años. Vale, lo acepto con muchos reparos, pero lo acepto.

           

Lo que no tiene nombre es lo que he visto este verano. Hordas de jóvenes que llevaban depiladas… ¡las axilas! ¡Por todos los dioses! ¡Qué es esto!  ¡A dónde hemos caído! Resulta que todas las feministas de professional abogan por la mata cabelluda en los sobaquinis, mientras que hombres traidores nos quieren sumergir en el infierno de la cera en las axilas. Merecen la horca.

           

Varones del mundo, opongámonos a esta moda. Neguémonos a la tiranía de la depilación. Vivan Burt Reynolds, Alec Baldwin y Chuck Norris, hombres de pelo en el pecho. Michael J. Fox en Teen Wolf. Alfredo Landa en todo momento. Abajo la cera. Al infierno el láser.

           

(Maldito David Beckham, contigo empezó todo).

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