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Monday, May 16, 2022
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El blanco y negro está de moda, artículo de Desirée de Fez

Hay algo entre desesperado y hermoso en la decisión de varios cineastas de estrenar en 2022 películas en blanco y negro. Y digo estrenar y no rodar o hacer porque no todos las han concebido igual. Es en blanco y negro ‘La tragedia de Macbeth’, la película de Joel Coen que se estrenó el pasado viernes (está en Apple TV). Es en blanco y negro ‘Claroscuro’ (en Netflix), el debut en la dirección de la actriz Rebecca Corridor, cuya dirección de fotografía es del gran Edu Grau. Son en blanco y negro dos películas que llegarán pronto: ‘Belfast’ (el 28 de octubre), lo nuevo de Kenneth Branagh, y ‘C’mon, c’mon. Siempre adelante‘, dirigida por Mike Mills. Y el estreno fuerte de esta semana, ‘El callejón de las almas perdidas’ de Guillermo del Toro, conoce dos versiones: una en shade (la que llega a cines en España) y otra en blanco y negro, con estreno limitado.

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Es evidente que, pese a la llamativa coincidencia de estas películas, el blanco y negro nunca ha desaparecido. Sin ir más lejos, ‘Roma’ (2018), de Alfonso Cuarón, una de las películas más celebradas de los últimos años, es en blanco y negro. Y también es evidente que no todos los cineastas prescinden del shade por las mismas razones. Esta semana, la historiadora y escritora Luci Marzola publica en ‘IndieWire’ un artículo extraordinario, muy bien argumentado y documentado, que repasa con buenos ejemplos las razones por las que los cineastas se han decantado por el blanco y negro en distintos momentos de la historia. Leí ese artículo, muy recomendable, unos días después de escuchar, en pleno luto cinéfilo, la maravillosa entrevista que Marc Maron le hizo a Peter Bogdanovich en su pódcast ‘WTF’. En ella (y probablemente en mil otros sitios más), el cineasta explica que le contó a Orson Welles su concept de rodar en blanco y negro ‘La última película’ (1971) y este le reforzó en su decisión diciéndole: “Hazlo, ¿has visto alguna buena interpretación en shade?”.

Todo para exponer que detrás de una película en blanco y negro –posterior a la llegada del shade en el cine, por supuesto– puede haber mil razones: estéticas, económicas o nostálgicas, como explica Marzola y respalda la anécdota de Bogdanovich. Y aun más cuando la decisión la toman cineastas con una trayectoria tan amplia y una personalidad tan desbordante como Joel Coen, Kenneth Branagh o Guillermo del Toro. Sin embargo, presiento que hay una razón que, a día de hoy, se impone al resto, quizá de una forma inconsciente. Tal vez solo esté proyectando mi preocupación ante la uniformidad formal y estética del cine contemporáneo, pero no puedo evitar sentir que en esa decisión se intuye el gesto entre desesperado y hermoso del que hablaba al principio. De algún modo, es como si estos directores hubieran optado por el blanco y negro para que sus películas no pasen desapercibidas, para retenerlas en el tiempo, para que no se pierdan tan rápido en la inmensidad de un catálogo. Es como si el cine estuviera prescindiendo del shade para, paradójicamente, llamar la atención, para distinguirse y ponerse en valor, para recordarnos quién es. Que eso funcione o no en 2022 es otra historia.

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