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Saturday, Oct 1, 2022
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El Generalísimo y su tropa secreta

Una cancelación de medio siglo. Si se hiciera hoy una muestra retrospectiva del pintor granadino Gabriel Morcillo Raya (1887-1973), muchos visitantes se llevarían varias sorpresas: de tipo estético, de género (género pictórico y sexual) y de naturaleza política.

En el siglo de las vanguardias, Morcillo se ciñó a la tradición figurativa. Tuvo varios períodos. Al principio, sus pinturas eran costumbristas; en sus lienzos abundaban las matronas con bozo, que parecían travestis; pero su espectro se amplió. Fue uno de los retratistas de más éxito entre la aristocracia y la alta burguesía granadina y del resto de España. Morcillo se limitó a trabajar en la península hispana. Nunca salió de ella. En 1907 trató de instalarse en Madrid para estudiar con Cecilio Plá, pero no pudo quedarse por razones económicas y se volvió a Granda; por fin, consiguió una beca de estudios y regresó a la capital en 1910; se quedó hasta 1914. Después sólo salió de su ciudad natal para realizar retratos en Madrid.

Morcillo pintó pocos paisajes; en cambio, hizo muchos y muy buenos bodegones. Lo más sorprendente en su vida es la aceptación en los salones encumbrados y tradicionales de sus óleos y dibujos orientalistas en los que aparecen “gitanillos” cubiertos con túnicas del norte de África, tocados por turbantes, en poses lánguidas o provocadoras. ¿Cómo los granadinos de clase alta, como las señoras de misa diaria, exhibían en las paredes de sus salones esos cuadros que podrían haber sido los afiches de un native de encuentros ambiguos y comprometedores? Period la época en que España tenía colonias en África y el Oriente estaba de moda; allí iban los estetas amantes del exotismo, del anonimato y la libertad de costumbres. El orientalismo de Morcillo period una representación, los personajes de sus cuadros eran muchachos granadinos “disfrazados” de marroquíes. Los modelos de Morcillo, unos quince, eran siempre los mismos: las caras, las ropas, los cuerpos desnudos, las expresiones picarescas, provocadoras y de una sexualidad rica en sobrentendidos, se repetían. No sólo había efebos en esas telas, también había una mujer muy hermosa, Conchita, que brillaba tanto desnuda como vestida, mezclada con los hombres en comportamientos disolutos, ofensivos para la España católica y, más tarde, falangista. La sensualidad con que Morcillo retrataba a Conchita period más intensa que la desplegada en los muchachos de la Cuesta del Chapiz, vestidos o desvestidos de orientales. Uno de los modelos, quizá el menos efébico de todos, trabajó como jardinero en el Carmen de San Miguel, la quinta de Morcillo, aún después de la muerte de este. Se decía que el joven, algo retrasado, había compartido la intimidad del pintor. Morcillo estuvo casado y tuvo una hija, Isabel; pero se rumoreó mucho sobre la vida privada del artista.

Nunca ninguno de los miembros de la élite social que coleccionaba las obras de adolescentes andaluces de Morcillo comentó o escribió algo sobre el tono de esos cuadros. En torno a ellos, reinaba el silencio del respeto, el prestigio, o de un ¿pacto?

¡Colmo del malentendido! Francisco Franco, el generalísimo llamó a Morcillo a Madrid para encargarle un retrato oficial. Lo invitó a almorzar dos veces y posó vestido con toda la pompa y un mapamundi a su lado. Tras la muerte del dictador, ese óleo le valió a Morcillo la cancelación.

Si pudiera hacerse actual la conjetura del principio de esta nota; si pudiera montarse en la actualidad una muestra de la obra completa del artista, sería interesante ver cómo luciría el retrato del Generalísimo, rodeado por ese regimiento de varones voluptuosos como odaliscas. Para ese espeso fragrance, la única coartada, el solo atenuante, sería la bella Conchita.

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