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Saturday, Oct 1, 2022
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El último viaje del Diorient Categorical o el día en el que Eugenia Silva se dio cuenta de lo que había conseguido

En aquella época, Silva se outline con humor como “la scorching woman on the town. En febrero había firmado una exclusiva para desfilar en Prada y llevaba meses trabajando asiduamente con Steven Meisel. En marzo se había convertido en una de las pocas afortunadas que puede presumir de haber protagonizado dos portadas consecutivas de Vogue Italia frente a su objetivo. Primero, en el número de febrero junto a Maggie Rizer y Elsa Benítez. Después, en solitario para la de marzo, con el legendario editorial inspirado en ‘Blade Runner.

“Yo acababa de llegar con Steven de Vogue americano”, explica en referencia a un editorial publicado en el número de mayo, de nuevo junto a Benítez. “Así que nos pusieron al chico que había hecho las fotos conmigo y a mí en la locomotora. Luego, con el tiempo, formé una relación profesional y private con John y fue diferente, pero ahí, básicamente, the recent woman on the town abrió el desfile”, recuerda. “Uno en el que estaba Naomi Campbell. Imagínate”.

¡Bon voyage!

“Todos a bordo para la Feria de las Vanidades, la Ruta de la Seda, la caravana de los Reyes Magos cargada de oro, incienso y mirra, las embajadas de China y Persia, los esplendores moros y el campo del Paño de Oro, donde los Valois y Francisco I, y los Tudor y Enrique VIII, justaron juntos en fastuosa rivalidad”, clamaban las notas del desfile con grandilocuencia. Y el espectáculo orquestado por Howells, una vez más, estaba a la altura.

Como recoge Dana Thomas, entrar en la Gare d’Austerlitz period como entrar en una versión hollywoodiense de un mercado en la costa de Marruecos. No period realista, pero sí lo suficientemente verosímil como para transportarte a un mundo concreto, a un oriente enigmático sacado de la mente de Josef Von Sternberg

Tres toneladas de enviornment tangerina cubrían el suelo de la estación, de la que nacían palmeras y plantas selváticas, figuras precolombinas talladas en piedra y tiendas blancas, cestos de mimbre decorados con estampados étnicos, algunos de ellos llenos de fruta fresca, colocados en torno a un enrome reloj que marcaba la hora y media de retraso del desfile. 

Decenas de baúles antiguos de Louis Vuitton con los nombres de Cleopatra, Brad Pitt o Bing Crosby esperaban a ser recogidos para su viaje. La luz que entraba del exterior estaba filtrada por telas de shade naranja que colgaban del techo, dándole al sol un desértico tono mandarina. Y los 43 grados que asediaban aquel día París, penetrando como fuego por los cristales del techo de la estación, fueron calmados con rondas interminables de copas de Moët Chandon. Un detalle cortesía de LVMH que, por supuesto, ayudó a estimular la euforia que recorrió a los presentes cuando el tren finalmente llegó a la estación.

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