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Friday, Jan 28, 2022
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La épica de Metrópolis donde uno que corrió por los techos cube que puede volver

“Nadie se animaba a prohibirle la entrada, hasta que una noche Gustavo dijo: ‘yo le digo’”.

Si fuese una de Netflix, la primera escena tendría que mostrar a Gustavo Morchón ajustándose el cinturón y ojeando por la ventanilla el aterrizaje sobre el aeropuerto de Nueva York. Arrancaban los 80′ y esa misma noche, cuando llegó a lo del amigo platense que iba a visitar, le dijeron: “te vamos a llevar a un lugar alucinante, donde no entra cualquiera”. Period el Studio 54, en la 54 Oeste de Manhattan, “el sitio de las estrellas” donde en la noche de la inauguración no dejaron entrar a Cher, ni a Woody Allen, ni a Frank Sinatra porque sus dueños, los empresarios Steve Rubell y Ian Schrager, aceptaron la observación que sobre las apariencias de esos tres clientes les hizo la relacionista pública que habían contratado: Carmen D’Alessio, la RRPP que le habían “robado” al modisto Valentino.

CARCAJADAS EN EL VIP

Esa noche, que sería una de las últimas del Studio 54 antes de su clausura, también sería una de las últimas noches para una pareja que Morchón tuvo ahí nomás, en la mesa contigua de ese VIP en el que no había imaginado sentarse. Eran la actriz nicaragüense Bianca Pérez Mora Macías y el Rolling Stone Mick Jagger. En otra mesa, el ya consagrado Guillermo Vilas y hacia otros rincones de ese espacio exclusivo al que, como le habían advertido, no period fácil acceder, no asombraba ver a Diana Ross, Salvador Dalí, Liza Minnelli, Andy Warhol, un joven Donald Trump, Brooke Shields, John Travolta, Grace Jones, Alice Cooper, Farrah Fawcett, Donna Summer season, Al Pacino, Elizabeth Taylor, Zsa Zsa Gabor, Gloria Swanson y Bette Davis entre los nombres de un interminable etcétera de habitués.

“Hay que poner algo así en La Plata”, dijo Morchón y su amigo largó una carcajada como las que largarían más tarde en La Plata los que finalmente se animaron a llevarle el apunte, invertir y jugársela por ese sueño loco nacido en una noche no menos loca.

“Yo creo que de la concept de Studio 54 salieron dos boliches en Argentina. Uno fue New York Metropolis y el otro fue Metrópolis. Yo a veces me cruzo con gente en Buenos Aires que me cube: ‘vos tuviste el mejor boliche que hubo en La Plata'”.

PRODUCTO DE LA LEGIÓN

Gustavo Ariel Morchón nació en La Plata, fue a la escuela 38 de Metropolis Bell y al Colegio San Luis pero su mayor orgullo, asegura, es haber sido alumno de La Legión, la de 12 y 60.

“Yo soy un producto legítimo de La Legión”, declara como un juramento.

Como otros tantos mojones ciudadanos, a su manera Metrópolis también dejó marca en la emocionalidad platense. Por lo menos dos generaciones que hoy son padres, madres y hasta algún abuelo o abuela, disfrutan recordando aquel boliche bailable de la calle 47 y diagonal 74.

“Yo creo que invertimos cerca de 400 mil dólares. Ojo, period otro tiempo, otro dólar, otro país. Yo vendí el auto, un terreno en Metropolis Bell y una moto que period una Kawasaki 1000″.

El diseñador de Metrópolis no fue un arquitecto cualquiera, advierte Morchón. “Fuimos a ver a Mario Vanarelli, el escenógrafo”. Vanarelli, que murió en 2005, es considerado uno de los más grandes escenógrafos de América. Fue rector y profesor de Escenografía en la Escuela Superior de Bellas Artes de la Nación y profesor de Escenografía en la Universidad de La Plata. Ganó un Martín Fierro al mejor escenógrafo y un Premio Konex.

Dos socios porteños aportaron la decoración y los platenses el native y la obra húmeda (baños, cocina) y el boliche arrancó en lo que hoy son dos locales en 47 y diagonal 74: una sucursal del Banco Nación y la casa Aloise, de artículos del hogar. Desde ese frente unificado, muchos metros hacia adentro, latió Metrópolis.

UN PLAN B

El boliche con el que se apuntaba a ser el Studio 54 de La Plata se llamó Platino. Pero no funcionó y no por falta de recursos sino sencillamente porque la capital de la Provincia estaba muy lejos de convocar a una concurrencia VIP, ni en sueños parecida a la que había hecho famosa a aquella disco neoyorquina. En La Plata no había y acaso siga sin haber, ni farándula ni jet set de verdad. Para colmo, no existía la Autopista y para “la noche porteña” La Plata period ese lugar al sur del Obelisco, que para ir había que “meterse en Provincia”, cruzar una avenida oscura, cargada de pozos y de semáforos que obligaban a una espera inquietante y que se conocía como Avenida Calchaquí.

Platino period lujo sobre lujo. “Tenía columnas con pétalos de acero inoxidable. Hoy hacer eso es imposible”.

Riky Fernández, uno de los primeros disc jockey de ese boliche legendario cube que “Platino period mucho para La Plata, se les había ido la mano con el precio de las entradas, las bebidas. No había público en la ciudad para bancar eso”.

Apareció entonces el Plan B: cambiarle el nombre y que fuese el lugar de la juventud de clase media y media alta de la ciudad, con todas las objeciones éticas, morales y hasta legales que eso supone. Y así nació Metrópolis en el amanecer de los 80, sobre una matriz de estrategia comercial que Morchón resume en un solo concepto: los tarjeteros.

SOLO CON TARJETA Y GENTE “DE MODA”

Según “Ricky” Fernández, el nombre Metrópolis fue una concept de otro monstruo sagrado del arte de pasar música: Pablo Balat.

Morchón no duda en reconocer que la clave de ese fenómeno platense llamado Metrópolis fue el equipo de promoción externa que se había creado. Y descarga todo el mérito en una sola persona: “Don Saraví, no tengo dudas, él estaba a cargo de todo lo que period publicidad externa, había organizado equipos de chicos y chicas que salían a la calle a repartir tarjetas, iban a la puerta de los colegios y las facultades; recorrían el centro, los boliches para tomar algo y eso nunca se había visto. Te decían: ‘tomá, te invito a Metrópolis y te daban una entrada free of charge o una con 50 % de descuento o directamente una invitación. La entrada la tenías que pagar pero no cualquiera podía tener una invitación para Metrópolis. Iban en combis a recorrer los colegios en el horario de salida”.

Morchón admite que el 30% de la concurrencia no pagaba entrada. “Period parte del advertising and marketing, de la publicidad del boliche invitar a gente que estaba de moda”, cube y cuando se le pregunta qué significaba eso de estar de moda, explica que “gente conocida en diferentes ambientes de la ciudad. Recuerdo a Pablo Caro, a Tato Allan Paz, a la Tana Repucci, a Belén Paoli. Gente que quieras o no, arrastraba a otra gente. Había chicas muy lindas, muy piolas que por cada una de ellas venían cien tipos porque se corría la voz de que fulana o mengana iba a Metrópolis y con los chicos pasaba lo mismo. Así period, así funcionaba y los tarjeteros y las tarjeteras tenían mucho que ver con eso. Period otro país, otra sociedad, no te olvides que pasaron casi 40 años de aquello”.

DOS MANCHAS

En las barras corría el champán y a nadie se le ocurría pedir fernet como el que en la previa del almuerzo dominguero tomaban sus abuelos. “Se tomaba whiscola, gin tonic, gancia con vodka que period una bomba”.

A poco de andar, a Metrópolis le aparecieron dos manchas. Una fue que se discriminaba al público de una forma que hoy hubiese hecho que los responsables se pasaran toda la semana en Tribunales. La otra tenía que ver con la presencia del personaje más controvertido de La Plata: Carlos “Carlitos” Ferroviera. En esos 80′ bastaba ver a Ferroviera en la barra de cualquier boliche para que se dijera que en el lugar se vendía droga o que una parte del native period de él.

Riky Fernández cuenta que “Carlitos ni vendía drogas en Metrópolis ni tenía nada que ver con la sociedad del boliche pero algunos no lo querían ahí y nadie se animaba a prohibirle la entrada, hasta que una noche Gustavo Morchón dijo: ‘yo le digo’ y lo invitó a irse. A la semana hubo una razzia policial y cerraron el boliche”.

Morchón se hace cargo de ese pasaje pero revela que con Ferroviera logró tener una relación de amor-odio que finalmente funcionó bastante bien.

“Es que Ferroviera fue, para mí, el mejor relacionista público en la historia de esta Ciudad. Vos le preguntabas por alguien importante de cualquier ámbito: empresarios, profesionales o algún grupo o artista que por ahí se hacía difícil llevar a Metrópolis y en diez minutos te decía: ‘llamalo, que ya le dije que lo vas a llamar’”.

LAS CAMPERAS ROBADAS

Ya se sabe que la guerra de Malvinas encendió en modo fiebre el gusto musical de los argentinos por lo que se dio en llamar el rock nacional. Y Metrópolis estaba ahí, en ese momento y lugar indicados.

“Te podría decir que pasaron todos los de esa época dorada: Fito, Soda, Los Cadillac, Patricia Sosa con La Torre, Ataque 77, Los Abuelos, Baglietto. Todos pasaron, todos”.

En los papeles municipales Metrópolis podía recibir un máximo de 400 personas pero todo el mundo sabía que los sábados en la noche y sobre todo en los grandes recitales, entraban muchas, muchas más.

“La noche de Soda Stéreo yo temblaba como una hoja. Había gente colgada de los parantes del techo. Afuera, period una multitud que daba cualquier cosa por entrar y había reventa de entradas. De los 10 dólares que costaba originalmente llegaban a pedir 50 dólares y la gente se mataba por conseguir una. Tuvimos muchas noches buenas con otros grupos y artistas de primera línea de esa época pero como aquella de Soda, no recuerdo ninguna”, afirma Gustavo Morchón.

En Metrópolis llegaron a trabajar cerca de 40 personas entre la boletería, la barra, los baños, los guardarropas y las demás necesidades que el boliche demandaba para funcionar. “Teníamos dos guardarropas con tres personas en cada uno y aún así a veces se descontrolaba y eso nos generaba un gasto importante porque cuando se robaban prendas o carteras había que pagarlas. Había de todo: period común que te dijeran que les habían robado una campera de cuero de mil dólares cuando en realidad en el guardarropas habían dejado una de nylon. Venían los padres de los chicos o las chicas a reclamar y no nos quedaba otra que pagarles lo que ellos decían que les habían robado”.

LA NOCHE DE LOS CABALLOS LOCOS

Una y mil anécdotas, sobre todo de las previas de aquellos reveals. Ricky Fernández, desde lo que considera el lugar privilegiado de la cabina del disc jockey, tiene un montón para contar.

“La noche más tensa fue cuando vino Fito Páez y en la prueba de sonido se enojó con un sonidista, un pibe de La Plata. Fito le habló tan mal que en un momento el pibe se paró para embocarlo de una piña y nosotros dijimos: ‘chau, nos quedamos sin present’, pero por suerte no le llegó a pegar”.

Una de las noches después de la inauguración, la policía entró con 15 caballos que dejaron sus marcas en la pista y en varios rincones, ante el desbande generalizado. “Después de eso nunca tuvimos más problemas. Nosotros le colaborábamos a la policía con cuatro tanques de nafta por semana. La verdad es que a nosotros nadie nos pedía nada. El peor socio que teníamos period Sadaic que nos llevaba todas las noches el 20% de la recaudación. Eran peleas memorables con los inspectores. Venía un tipo y se paraba en puerta con un cuenta ganado y te cobraban según la gente que entraba”.

Esa noche de los caballos Gustavo Morchón cuenta que se escapó por los techos. “No atinamos a otra cosa, no sabíamos lo que podía pasar. Escapamos por los techos con Humberto Poidomanti y con Mario Mauro, otro amigo y socio”.

“YO ME HUNDO CON ESTE BARCO”

Cuando los 90′ ya pedían pista para aterrizar, la luz de ese Metrópolis unique y único de los 80′, se empezó apagar. Lentamente y en medio de asuntos a los que Morchón prefiere calificar, acaso piadosamente, como “desavenencias”, entre los grupos que tenían que ver con la organización de las fiestas y la marcha del boliche.

De esas “desavenencias” surgirían algunas competencias fuertes, como Storage y, sobre todo, el Block de 122 y 50.

“Un boliche como Metrópolis es como una obra de teatro. Si vos en una función te equivocás, a la siguiente lo pagás. Nosotros teníamos una estrategia de trabajo, un diseño, sabíamos que todas las noches no eran iguales y durante la semana se trabajaba en eso”, resume Morchón.

Con Metrópolis alquilado y en otras manos, Ricky Fernández cuenta que se lo quisieron llevar a ese Block de 122 y 50 que encandilaba como la luz de lo nuevo. Lo que se venía.

“Pero yo dije no, me quedo en Metrópolis, me hundo con este barco. Y me quedé en Metrópolis”.

Morchón, por su parte, cuenta que “yo me volví a trabajar con Alberto, mi viejo, en Sol-Mor. Mi viejo murió en 1996 y yo seguí con el negocio hasta que hace seis años lo cerramos y alquilamos el native de 5 y 50. Había cambiado todo. La ropa “de vestir” ya no se vendía como antes. Recuerdo que de cien corbatas por semana pasamos a vender cinco”.

De familia de comerciantes de médula platense, Morchón tuvo el bar Fuimiccino, la sastrería Burton y el Restorán La Plata. Y se declara fundador de La Trattoría, antes que la comprara esa otra leyenda platense que es El Vasco Herrán.

EL ROBERTO GALÁN PLATENSE

“Vos no sabés la emoción que siento cuando por ahí entro a un negocio o a cualquier otro lugar y alguien me reconoce y me cube: ‘Morchón, yo en Metrópolis conocí a mi marido, con el que tengo cuatro hijos'”.

Se ríe entonces cuando se le cube que sin buscarlo fue una especie de Roberto Galán, el que armaba matrimonios por televisión.

“Lo malo, no sé. El recuerdo de las peleas que a veces había entre los grupitos del rugby pero pensándolo bien aquello no period nada comparado con la violencia que se ve ahora. Aquello te amargaba un poco pero period muy de vez en cuando y con la seguridad del boliche lo controlábamos rápido”.

A los 67 años Gustavo Morchón admite que tuvo varias parejas, pero el “gancho” en el registro civil lo puso casi a punto de cumplir 40. Fue con Paula De la Fuente, la madre de sus hijos Camila (27) y Juan Cruz (23).

“Camila es abogada, trabaja y vive en Buenos Aires y es brillante, yo le digo que juega en otra liga y Juan Cruz es disc jockey, mirá lo que es el destino”.

¿OTRA VEZ METRÓPOLIS?

Juan Cruz, cuenta su padre, ya se hizo un nombre en ese ambiente. Aunque el inmortal Pappo no hubiese estado de acuerdo con decir que “toca”, Morchón cube que “Juan Cruz toca en algunos de los boliches más conocidos de CABA como Rose in Río, Jet y Moscú”.

Y revela un secreto, un proyecto que puede resultar una bomba en la ciudad. Es un sueño que lo llevó a hacerle a Juan Cruz una promesa: “que tenga su propio boliche y que sea acá, en La Plata”. Y cube que vuelta a vuelta piensa en ese proyecto y que cada vez que lo hace se le cruza ese nombre inolvidable para toda una generación de platenses.

“A veces pienso en que se llame Metrópolis. Sería una bomba la vuelta de Metrópolis pero, no sé. Quizá sea mejor dejarlo así, como una hermosa historia cerrada”.

 

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