20.1 C
New York
Monday, Sep 26, 2022
Image default
Beautiful

New York, New York | Panamá América

No soy fanático de los Yankees. Cursé preparatoria en Massachusetts, donde los curas en Assumption Prep me lavaron el cerebro que la corona como la perenne ciudad deportiva en Estados Unidos la porta Boston, lo que resulta cierto por la rudeza de sus equipos en variadas disciplinas. Y los gringos, sobre todo los varones, toman muy en serio sus deportes, siendo lo primero que ojean en sus periódicos, la sección deportiva.

Versión impresa

Pero Nueva York es mucho más que los Yankees. La ciudad de los rascacielos se levantó como el paladín en estructuras mayores a 100 metros de altura durante la primera mitad del siglo XX y mantuvo ese liderazgo durante todo el siglo, anterior a ser opacada por Hong Kong y Shenzhen en China, aun manteniendo un respetable tercer lugar en el rating mundial. En el continente americano, sigue siendo #1, seguida por Chicago y Ciudad de Panamá, tema que es poco conocido en el hemisferio norte donde al dictar mi ciclo de conferencias “¿Por qué Panamá?” aprovecho para restregar en el orgullo gringo, que, a pesar de liderar en casi todo, no solo ocupa la capital istmeña un honroso y desconocido tercer lugar continental, nuestras torres, hechuras del siglo XXI, son más lozanas y diversas.

Mi primera zambullida en la ciudad desnuda fue en 1960. A pesar de veranear a lo largo de mi niñez en Chepo, donde la familia Figueroa poseía una hermosa finca sobre una loma desde finales del siglo XIX, resultado de una residencia de actualización médica en el prestigioso hospital Mount Sinai, mi padre trasladó a toda la familia, incluyendo a mi abuelo Enrique y mi tía Dorita, a aquella Babel de hierro. Me convertí en un “Crocodile Dundee” tropical ante tal espectáculo. A mis escasos siete años, las escaleras eléctricas de Macy’s, la tienda más grande del mundo, me cautivaban y recuerdo el meollo que se formaba cuando mi hermano Alfredo y yo, subíamos y bajábamos las mismas con y contra tráfico, ante el pavor y vergüenza de nuestra madre Mercedes.

Aquella visita inicial de tres meses de duración fue posible por la fina cortesía del Dr. Jorge Illueca, en aquella época embajador de Panamá ante las Naciones Unidas, quien nos cedió su apartamento en el opulento East Aspect.

Caminamos cual camellos en el desierto y nos transportamos en el Subway a lo largo y ancho de Manhattan, visitando sus museos, zoológicos y sitios icónicos como la catedral de San Patricio, estatua de la Libertad sobre el islote que lleva el mismo nombre y el rascacielos más alto del mundo la víspera, Empire State Constructing de 102 pisos, cuya construcción se inició en 1930.

Regístrate para recibir contenido exclusivo

Retornamos en 1965, anterior al ingreso en la sesión de verano en escuela preparatoria para afinar el inglés anterior al inicio del año escolar ese otoño en Worcester, Massachusetts. Frisaba los 12 años y nos hospedamos en el Resort President frente a Mamma Leone’s el mejor restaurante italiano en la ciudad, ambos ubicados en la calle 48, donde lo que me causaba gracia period unos de los postres del menú que invitaba a una “porción generosa de helado” resultando una bolita más pequeña que las que acostumbramos ingerir en la refresquería La Inmaculada de Bella Vista. De ese viaje recuerdo nuestras visitas a Coney Island, afamado centro de diversiones y la Feria Mundial, maravillado por todos los pabellones nacionales y la oferta gastronómica de los países del orbe.

Google noticias Panamá América

Veinte años después IBM me asignó a su casa matriz para las Américas y el Medio Oriente en North Tarrytown, a 30 millas de distancia de la ciudad. A pesar de vivir 30 millas más hacía el norte en Ridgefield, Connecticut por sus beneficios fiscales y calidad de vida, aprovechamos que mis hijos Jaime Enrique y Patricia Mercedes iniciaban sus estudios primarios para ofrecerles una inmersión en la ciudad, frecuentando sus restaurantes, en especial Home windows of the World en el piso 107 del World Commerce Heart, el Blue Room en Rockefeller Heart, donde el menú invitaba a una entrada con langostinos de Panamá y aprovechábamos para patinar sobre el hielo en su afamada pista y el Meatball Store en el barrio italiano donde los mozos estrenan camisetas con el logotipo “Eat my Balls”, risible mensaje dentro del refectorio, más no fuera.

El 3 de noviembre le visitaremos nuevamente, anclando esa mañana en el puerto de cruceros donde nos recibe George Komninakis, antiguo compañero de estudios en la Universidad de Nebraska y su guapa esposa Alexandra para visitar el Museo de Cera de Madame Trussaud, Occasions Sq. y algún restaurante de moda. ¡No cesa de maravillar el brillo de la ciudad, por siempre inmortalizada en la canción “New York, New York” de Frank Sinatra!

 

Related posts

Edén Muñoz goza su libertad

admin

Shein tiene el high tendencia del momento en 16 colores distintos y por 5 euros

admin

Jennifer Lopez demuestra su estilo único con vestido elegante informal, supreme para todas las edades

admin

Leave a Comment