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Friday, May 27, 2022
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Carlos Vives

Falsos positivos: dolor que no tiene nombre | EL UNIVERSAL

Cincuenta millones de colombianos sobrevivimos en esta trinchera que heredamos de patria y cinco millones más guapean, en todos los rincones del planeta, demostrando creatividad, honradez y ningún parentesco con Pablo Escobar, el ‘Mono Jojoy’ o Garavito.

Poco a poco esos compatriotas con fama de ‘Echaos pa’ lante’ se ganan el respeto sin olvidar sus raíces y, aún afligidos por no asistir al Mundial de Catar, se enfundan la camiseta de la siempre amada Selección Colombia.

Cuando los embarga la nostalgia del emigrante, cierran los ojos, expanden sus alas de Águilas Caudales y retornan a la patria que los vio nacer y crecer al compás de los versos encabronados de Diomedes y las añoranzas de Carlos Vives en ‘La Tierra del Olvido’.

Lastimosamente todos los esfuerzos por rescatar la decencia ante los ojos del mundo, se fueron al traste: después de 14 años revivió el holocausto de la paradoja llamada ‘falsos positivos’ y, de inmediato, recuperamos el liderato de la barbarie junto a Hitler, Putin, ‘Papa Doc’ e Idi Amín ‘El carnicero de Uganda’.

Y no es de poca monta que un puñado de nuestras respetabilísimas Fuerzas Militares asesinaran a 6.402 civiles indefensos, graduándolos, ipso facto, como ‘peligrosos guerrilleros’ cuando sabían, con absoluta certeza, que se trataba de compatriotas acostumbrados a ganarse el bocado con la callosidad de sus manos, no conocían la perversidad del gatillo ni del odio de la pólvora.

Sus familias, también calumniadas, abandonaron viviendas y parcelas, mientras en Casa de Nariño, acompasados por el Himno Nacional, colocaban medallas en el pecho de sicarios azuzados por recompensas monetarias, largas vacaciones y fétidos ascensos.

De mi parte, no volveré a escuchar los testimonios de los exmilitares frente a la JEP y a familiares de las víctimas. Al colocarme, por un segundo, en el pellejo de sus padres, hijos o esposas, se desmigaja el alma.

Recordé nuevamente la encrucijada idiomática que mi padre, don Rafael Vergara González (q.e.p.d), presentó hace varios años a don Juan Gossaín, hoy miembro de número de la Academia Colombiana de la Lengua: “La secuencia pure –reflexionaba mi viejo– dispone que los hijos sepulten a sus mayores, llamándolos ‘huérfanos de padre’ o ‘huérfanos de madre’, pero cuando a los progenitores les toca sepultar a sus hijos, ¿qué nombre reciben?”.

Don Juan esculcó todos los vericuetos del idioma de Cervantes, lenguas antiguas y modernas, concluyendo que esa palabra no existe. “Don Rafa: es mejor que así se quede: ese dolor infinito no tiene nombre”.

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