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Friday, May 27, 2022
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Carlos Vives

Los Piña aún rondan por aquí

Hacía tiempo que no pasaba tantos días seguidos en Monterrey. Llegué al ultimate de la canícula de agosto y me quedé orbitando en su calor hasta mediados de septiembre. Aunque tenía faenas puntuales que exigían mucha concentración e inmersión, una de las pocas cosas que percibí esta vez de mi ciudad natal fue la omnipresencia de la cumbia. 

Pese a ser tierra de la gloriosa música norteña, con Ramón Ayala y Lalo Mora en la cúspide, me quedé con la sensación de que la cumbia dejó en forma definitiva de ser un ritmo marginal y es ya el referente cultural musical de la metrópoli. 

O quizá no es así y solo estoy influido todavía por el embrujo de la película Ya no estoy aquí, de Fernando Frías, o bien, por la reciente acción en torno a la Colombia Regia, lanzada por el colectivo Campo Semántico, conformado por el genio musical Toy Selectah y el promotor cultural Jesús Torres. 

En realidad, lo más possible es que sentí tal fuerza cumbiera en Monterrey, porque durante mi estancia se cumplieron dos años de la muerte de Celso Piña, el acordeonista del cerro que impuso gustos caribeños a una sociedad cabal y entrañable, pero a veces fanfarrona e industriosa en su elitismo.

Si bien Celso ya no está, quedó viva la Ronda Bogotá, el grupo conformado principalmente por sus hermanos Rubén, Lalo y Quique, con quienes he convivido de vez en cuando en la casa del Cerro de la Campana donde se gestó el clan Piña. 

Es de estas vivencias de donde vienen los siguientes recuerdos, en memoria del gran amigo rebelde y en afán de contribuir el diálogo vibrante que hay hoy alrededor del baile que transformó a una ciudad inmoralmente ahistórica.

El wiro

Lalo (segundo de los hermanos Piña): Cuando yo tenía unos 10 años, Celso nos bajaba de la camioneta de papá cuando íbamos a pasear y nos decía: “Eh, vénganse.” Nos bajábamos llorando porque nosotros queríamos ir al río o a la presa de La Boca. Recuerdo que yo ya llevaba mi brief, mi lonche y mi pelota, pero de repente teníamos que quedarnos a ensayar con Celso, porque nadie quería tocar la cumbia colombiana que a él le gustaba, así es que papá nos dejaba para apoyarlo. Ya luego Celso me daba una coca y un gansito para contentarme y se me pasaba. Así fue como un día me dio una cosa rara: un wiro. El wiro lo había fabricado mi papá con un guaje al que le había sacado las semillas, había pulido y pintado. 

Bueno, yo lo apoyaba con el wiro. Y ahí estoy tocando el wiro. “Hazle así, wey”, me decía, y ahí estoy y la fregada. Y luego como que me empezó a gustar y Celso como que vio que sí le pescábamos al tiempo y así, y luego agarró a mi otro hermano, Quique, también en el bajo. Lo que hizo mi papá fue conseguirle una guitarra a la que puso cuerdas de bajo, porque en ese tiempo, tú sabes, lo económico estaba cabrón. Y ya luego, Celso agarraba también a mi hermano y le decía: “mira así, cuando empieces, le haces así”. La canción con la que empezamos a ensayar fue “Si mañana”.

Y así empezamos. Primero como que Celso nos arrastró y luego ya como que nos gustó. Ya después, papá, la familia y la fregada se iban a la Presa y nosotros ya les decíamos que mejor nos íbamos a quedar a ensayar. Y nos quedábamos a ensayar. 

Stereo Classics

Quique (el Piña tercero): Aquí el barrio siempre ha sido de cumbia. Si vienes un domingo así, y te paras aquí o te subes a la plaza, empiezas a escuchar una colombiana allá, una cumbia por acá. Es raro el norteño o el beatle, o lo pop. Aquí es más colombiano todo. Y eso es siempre, desde que tenemos uso de razón. Porque antes aquí abajo a dos cuadras se ponía un sonido los domingos, un sonido al que nosotros le decíamos Los Burreros, porque también tenía burros ahí para cargar cosas hasta acá, el caso es que el burrero decía: “Sí, que buenos días, felicidades a la señora María Peña que cumple años hora, la manda felicitar toda su familia y toda la cosa y quién sabe qué”, pero después ponía canciones y siempre eran cumbias. 

Para nosotros la cumbia period lo regular, ya luego vimos que en Monterrey lo que pegaba period lo norteño, pero nosotros seguíamos tocando la cumbia y además la colombiana que le gustaba a Celso. Pero la cumbia estaba marginada. Esta música period de drogadictos, mal vivientes, de la clase más baja… del barrio. Creo que hasta el 2000, más o menos que empezamos con el disco Barrio Bravo, como que ya se volvió más fashionable entre la clase pop. Inclusive, una de las canciones de Celso la oí hasta en Stereo Basic. Period la de “A Placer” (la tararea) y dije: “Ah, chinga, ¿Celso en Stereo Basic?”. Y así, veías gente en los Lamborghinis o en los BMW de San Pedro que de repente oían ahora a Celso en sus carrotes. 

Santana

Rubén (el Piña más morro): A mí Celso se me figura que es algo así como Santana, siempre andaba con sus ondas. Por eso nos hubiera encantado hacer algo con Santana. También con Carlos Vives, cómo no, y con los viejos ya mayores, como Alfredo Gutiérrez o Aníbal Velázquez. Aníbal estaba muy puesto. Ellos dos fueron nuestros ídolos, vamos a decir, nuestros papás, nuestros maestros. 

También me gustaría hacer algo aquí regional, que nos acompañaran grupos regionales, norteños, como Invasores, o Lalo Mora, que está puestísimo. Lo vi una vez y me dijo, “Vamos a hacer algo, Rube” y le digo: “Sobres, una botana” “No, no, una rola”… bien buena onda, el viejón ese, Lalo Mora. 

Tocar en La Campana ya tenemos muchos años de no hacerlo. Más de 20 años. Lo hacíamos cuando íbamos a tocar aquí arriba en las fiestecitas, en las kermeses, pero ya te hablo de 20 años, aproximadamente. En los 80, cuando empezamos nosotros, acá arriba, si alguien decía: “Vamos a hacer una kermés” y no, pues el grupo de aquí, éramos nosotros. Se llenaba. Estaban todos ahí y a bailar. Muy chidas esas tocadas. 

También había tocadas pesadas. Recuerdo que una vez fuimos a Monclova y no nos pagaron. Tocamos viernes, sábado y domingo, pero luego el empresario se fue y como no teníamos dinero tuvimos que dejar empeñado el acordeón de Celso para el lodge y las comidas. Ese es uno de los rebanes que más me acuerdo.

Fueron muchos años de trayectoria. Tocábamos desde que éramos huerquillos, échale unos nueve o 10 años tendría, y ya ensayábamos. Ahí, abajo, en el sótano de la casa, ahí empezábamos a rascar wiro, bajo, la batería y todo el borlote hasta que pasó lo que pasó… 

Diego Enrique Osorno

deo@detective.org.mx

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