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Thursday, Sep 29, 2022
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Daddy Yankee

La revolución latina del reggaetón

Estaba intentado ejecutar de manera profesional la coreografía de Despechá (¡Madre mía, la Rosalía!) cuando de pronto alcancé escuchar que alguien aporreaba mi puerta. Temía que fuese mi entrometida, amargada y quejica vecina, pero a través de la mirilla vi a un acalorado mensajero. Apagué mi veterano y heroico aparato de sonido, que un día merqué en una pintoresca tienda de chinos, abrí y el susodicho me entregó un paquete from Colombia, loco perfectamente plastificado. De inmediato me puse a descuajaringarlo y, al lograrlo, no pude evitar sentir un ardoroso ósculo en toda mi intelectualidad (perdonen que sea tan gráfico).

Period un ejemplar de pasta dura y hojas elegantemente cocidas de una obra llamada a convertirse en un clásico de la cultura de nuestro tiempo, uno de esos libros a los que las generaciones futuras recurrirán para ilustrarse acerca de la banda sonora de las primeras décadas del siglo XXI. Se llama Reggaetón. Una revolución latina, está escrito por Pablito Wilson, un periodista argentino afincado en Medellín, y es un entusiasta, desprejuiciado, riguroso, histórico y sociológico ensayo sobre el género musical urbano que hoy, le guste a quien le guste y le pese a quien le pese, domina a buena parte del mundo.

Pablito, (así exige que le digan) es un milenial de 1985 que vive con los audífonos pegados a sus oídos y escribe en varias publicaciones especializadas en música. Su libro, cube, es el resultado de una investigación de tres años y, ciertamente, por sus páginas deambulan documentos y testimonios que dotan de seriedad a su trabajo. Hay historia, contexto y un esfuerzo pedagógico para que los neófitos entendamos en qué consiste este ritmo cuya paternidad se disputan Puerto Rico y Panamá. También se ocupa de su conexión con otros estilos musicales (como el reggae, el hip hop, el pop, el rock, la salsa, el bolero), sus temas (como la violencia, la fiesta interminable, el sexo desenfrenado, las drogas, el racismo, la vida en las calles, las rivalidades artísticas) y, claro, los fundamentos del perreo o, como cube el autor, “la perreología.”

Desde que irrumpiera en las pistas de baile y dislocara un montón de caderas, el reggaetón cosechó una legión de exacerbados partidarios y detractores. La mayor parte de la prensa lo veía por encima del hombro y, sin embargo, su popularidad no dejaba de crecer, incluso en los países anglosajones, y de paso se convirtió en una máquina de hacer millones, al margen de las grandes empresas discográficas y aprovechando las redes sociales. Yo me acuerdo, cómo no voy a acordarme, de mi primera infancia oyendo a El Normal, padre fundador de este movimiento musical quien, desde la posmoderna costa panameña, animaba al planeta con su “bien, bien buena/ tú te ves bien buena”.

Luego el tono y la enjundia se encendieron más y desde los barrios marginales de todo el Caribe comenzaron a llegar un sinfín de canciones que, después de oírlas, muchos acabábamos sintiendo que nos habían pateado el cerebro. A lo mejor period porque esas melodías nos habían pillado ya mayores (no lo parece, lo sé, pero yo ya tengo una edad) y así las cosas tienen otro cariz. Menos mal que un día el puertorriqueño Ñengo Move nos abrió los ojos: “nosotros no cantamos loqueras o sucierías. Cantamos cosas reales que están en el ambiente”. Los reyes del pop no tardaron en dejarse evangelizar y, para seguir vigentes y rentables, se dispusieron a hacer duetos con apóstoles del perreo con nombres como Wisin & Yandel, Daddy Yankee, Tego Calderón, Don Omar, Pitbull, J Balvin. Carol G, Maluma, Unhealthy Bunny

Hoy vivo en uno de los países más racistas, clasistas y discriminadores del mundo y, sin embargo, la banda sonora de su día a día es el reggaetón. Ricos y pobres lo cantan y lo bailan, sin importarles que sea música sudaca y que muchas de sus letras sean falocéntricas y machistas (aunque, bueno, la evolución ha permitido la existencia de reggaetón feminista y lésbico. Ahí está Romina Bernardo, ‘Chocolate Remix’). Incluso, cada tanto, en el panorama patrio brota algún cantante que se une al movimiento esforzándose por imitar el acento caribeño. A mí, desde la irrupción de Gasolina, hace ya dos décadas, esta música me sigue dejando con el cerebro pateado, pero sería injusto no reconocer que forma parte de nuestra cultura y que, aunque sea de refilón, nos divierte. Pues, venga: ¡dame de eso que estás tomando, mami!

AQ

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