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Tuesday, May 17, 2022
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Fashion

Ser ‘style sufferer’ en la Roma imperial


Roma se forjó en los ideales de la austeridad, la guerra y la dignitas. Sin su mezcla de orgullo y disciplina, jamás se habría convertido en la gran potencia que fue. Pero la prosperidad y el contacto con los pueblos conquistados trajeron consigo nuevos placeres y nuevas maneras de derrochar el dinero recién ganado.

Vestir bien, oler mejor y resultar atractivo se volvió indispensable incluso para el político más serio. Durante los cinco siglos que duró el Imperio en Occidente, la nostalgia por la sencillez y los valores antiguos convivió con unos gustos estéticos cada vez más sofisticados.

La indumentaria

Vestir como un ciudadano

Moda y patriotismo eran conceptos íntimamente ligados en Roma. Hasta el siglo II, la delgada línea que separa la barbarie de la civilización pasaba por un pelo corto, un rostro bien afeitado y una túnica recta sin mangas ceñida por un cinturón, que dejara las pantorrillas a la vista. Pantalones, mangas y ropas sueltas se consideraban, además de antiestéticos, profundamente antirromanos. 

En su juventud, Julio César recibió críticas feroces por llevar el cinturón demasiado flojo, una moda que se apresuraron a imitar sus seguidores más jóvenes, deseosos de escandalizar a las viejas generaciones. Por lo demás, la indumentaria masculina dejaba poco margen para la inventiva private.

No obstante, a partir del siglo III empezó a hacer furor la túnica dalmática, mucho más larga, suelta, con mangas anchas y profusamente decorada. Los romanos pasaron a lucir en su ropa cenefas, redondeles bordados e incluso, a partir del siglo V, tramas florales, cupidos, sirenas…, un estilo que sus tatarabuelos habrían considerado muy poco viril.


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Por supuesto, la prenda romana por excelencia period la toga. Únicamente los ciudadanos tenían derecho a llevarla, y lo hacían con gran orgullo patrio, pero con mucha menos frecuencia de lo que se cree. 

En tiempos de la República la toga period un sencillo rectángulo de lana que envolvía por igual el cuerpo de hombres y mujeres, al principio sin túnica debajo. Pero a medida que el Imperio iba extendiendo sus dominios, la toga fue ganando tamaño y peso, hasta convertirse en un incómodo armatoste de unos cinco metros de largo por dos y medio de ancho, que costaba tanto dinero como un esclavo y dejaba el brazo izquierdo prácticamente inmovilizado bajo cuatro capas de tela.

Period imposible ponérsela sin ayuda. Además, aunque había distintos modos de enrollarla, los pliegues debían colocarse con solemne exactitud. Poco a poco, el uso de la toga se fue relegando a ceremonias y actos oficiales.

Estatua de personaje vestido con una toga (siglo I d. C.).

Personaje vestido con una toga, estatua romana del siglo I d. C.

I, Sailko / CC BY-SA 3.0

Mucho más cómoda resultaba la costumbre de cambiarse de ropa para la cena. Las cenatoria, o synthesis, eran conjuntos holgados de túnica y manto, ambos del mismo colour, que se usaban en banquetes informales para crear un ambiente distendido, pero también por coquetería.

Las romanas de las películas suelen lucir túnicas transparentes, que dejan al descubierto un generoso escote y unos hombros seductores. Se trata de un error. Solamente las diosas de las estatuas podían mostrar tantos centímetros de carne. Para la mujer romana, especialmente si period patricia y respetable, la norma básica de etiqueta period el pudor.


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Representación de un banquete en un fresco romano de Pompeya.

Salía a la calle envuelta en su palla, un manto que la cubría de la cabeza a los pies, dejando a la vista únicamente el rostro y las manos. Bajo el manto, una túnica de manga corta, cosida sobre los hombros o atada en pequeños nudos hasta el antebrazo y ceñida bajo el pecho. Las casadas llevaban, además, una segunda túnica, la stola, larga hasta los pies.

A no ser que estuvieran de luto, los romanos que podían permitírselo teñían su ropa. Pobres, esclavos y campesinos vestían prendas de lino o lana en sus tonos naturales: blanco hueso, crema, marrón, gris oscuro… Las de los patricios se blanqueaban con lejía y se decoraban con detalles de colour, o incluso se teñían por completo. El tinte más apreciado period la púrpura de Tiro.

Estatua de Livia Drusila vestida con 'estola' y 'palla'.

Estatua de Livia Drusila vestida con ‘stola’ y ‘palla’.

Luis García / CC BY-SA 2.0

Si una túnica orlada ya period carísima, un manto completamente púrpura period una auténtica extravagancia, que solo podía encarecerse aún más elaborándolo con seda o entretejiendo hilo de oro. Vestir de púrpura otorgaba tanto prestigio que algunos emperadores, como Nerón, hicieron de él un atributo imperial y restringieron su uso.

Peinados

Ni un pelo fuera de sitio

Desmelenarse no formaba parte del talante romano, se consideraba un signo de dejadez. El cabello suelto solo estaba bien visto en juicios y funerales, dos situaciones en las que descuidar el propio aspecto se interpretaba como una muestra de dolor.

El resto del tiempo un romano debía mantener cuidadosamente su peinado y su corte de pelo. Por eso las esclavas peluqueras estaban muy cotizadas. Además de peinar, teñían el pelo de negro, pelirrojo o rubio. También se importaban pelucas de India o se elaboraban con los cabellos claros de las esclavas nórdicas.


Del mismo modo que hoy nos fijamos en el estilismo de las celebridades, en Roma period la familia imperial la que marcaba tendencias. El peinado de algunas estatuas period extraíble, para poder adaptar el estilo de antepasadas ilustres a la moda precise. A lo largo del Imperio los estilos variaron lentamente, desde los moños de Livia, relativamente sencillos, hasta los complicados tocados con turbante y redecilla de los siglos III y IV, pasando por las imposibles coronas de rizos de Matidia y Marciana, hermana y sobrina de Trajano respectivamente.

Además de una paciencia infinita, estos laboriosos estilismos a base de tirabuzones, moños y trenzas requerían el uso de tenacillas calientes y, a menudo, postizos. No se deshacían por la noche, sino que se conservaban durante varios días untando el cabello en aceite y resina.

Busto de Matidia.

Busto de Matidia.

Terceros

Tampoco los hombres se libraban de las tenacillas ni de los dictados de la moda: aunque sus cortes de pelo eran mucho más simples, la última tendencia podía exigir un flequillo ondulado o unas cuidadas patillas. La calvicie period una maldición para los romanos: se consideraba un signo de mala salud y debilidad, pero no estaba bien visto camuflarla con pelucas. Julio César la disimulaba luciendo siempre la corona de laurel a la que sus triunfos militares le daban derecho.

El rostro masculino, en cambio, debía estar pulcramente afeitado, hasta que Adriano revolucionó Roma dejándose crecer la barba en el año 117. Los emperadores sucesivos le imitaron. Constantino, en el siglo IV, volvió a afeitarse para parecerse a Augusto.

Joyas

Su peso en oro

El joyero de una patricia valía, literalmente, su peso en oro. Los objetos de valor se veían como un adorno, pero también, ante todo, como una inversión.

Aunque el oro period el metallic más preciado, también se fabricaban pulseras de hilo de cobre y anillos de plata o acero. Estos últimos podían llevarse en todos los dedos, y no solo allá donde nacen, sino también a medio dedo, en los nudillos.

Collar romano fabricado en oro y piedra cornalina.

Collar romano fabricado en oro y piedra cornalina.

Dominio público

Collares y pendientes se confeccionaban con abalorios de cristal o, si la fortuna private lo permitía, con perlas, que gozaban de un prestigio muy superior al de las piedras preciosas o semipreciosas. La razón es que esmeraldas y rubíes no brillaban porque no se había inventado el corte facetado, así que se engarzaban sin tallar o con una talla muy easy. Aunque conocían el diamante, los romanos lo valoraban más como herramienta, por su dureza, que como joya.

Cosméticos

Eternamente jóvenes

El superb de belleza en Roma pasaba por un cuerpo juvenil y un cutis impecable. De un hombre se esperaba que fuera musculoso y luciera un saludable bronceado, que muchos acentuaban tomando el sol desnudos en los baños. Las mujeres debían ser muy blancas, como correspondía a su vida doméstica, pero podían hacer ejercicio al aire libre, siempre que fuera en la palestra femenina de los baños públicos. Tampoco lo hacían completamente desnudas, sino con un conjunto de ropa inside muy semejante a nuestros biquinis.

Mosaico en Villa del Casale, en Sicilia, que muestra a varias mujeres haciendo deporte con unas prendas muy similares a nuestros bikinis.

Mosaico en Villa del Casale, en Sicilia, que muestra a varias mujeres haciendo deporte.

Dominio público

Existían cremas antiarrugas, hidratantes y exfoliantes, elaboradas con miel, aceite de almendras, grasas animales (period muy apreciada la de cisne) y hasta excrementos de cocodrilo. Los envases se parecían a los nuestros.

Hombres y mujeres se depilaban, un servicio que se ofertaba en los baños, precursores de los modernos spas. Lo hacían incluso los soldados, aunque solo en las axilas: depilarse otras zonas se consideraba afeminado. Escipión requisó 20.000 pinzas de depilar a sus tropas durante el sitio de Numancia. Las mujeres, además de las pinzas, empleaban piedra pómez y productos abrasivos a base de arsénico.


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Se desconoce si las romanas se pintaban los labios, pero se maquillaban todo lo demás. Para blanquear la piel recurrían a polvos de tiza o a peligrosas cremas con plomo, pese a que los médicos de la época ya sabían que esta sustancia period tóxica. Disimulaban imperfecciones con ayuda de una pasta de harina de habas o de masa de pan y añadían un toque de brillo a su cutis esparciendo por el rostro cristales de sal.


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Los ojos se delineaban con kohl (polvo de antimonio), cenizas de huesos de dátil o una pasta elaborada con azafrán y pétalos de rosa chamuscados. Un toque de zumo de mora aseguraba unas mejillas sonrosadas, aunque si la mujer period muy adinerada podía aplicarse polvo de múrex, el marisco del que se obtenía la púrpura.

Perfumes

El aroma de la civilización

Los romanos no conocían el agua de colonia (que no se inventó hasta el siglo XVIII), pero eran fanáticos de los perfumes, que elaboraban en forma de ungüentos y pomadas a base de aceite de oliva o resinas. Se utilizaban indistintamente como fragrance corporal o como ambientador: los muebles de una habitación podían untarse de esencias aromáticas para este propósito. Rosa, narciso y canela eran las fragancias más comunes.


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Period esencial oler bien, o al menos no oler mal. Todos los ciudadanos tenían acceso al agua de las termas, aunque no todos podían permitirse productos cosméticos. Para los romanos acaudalados, perfumarse formaba parte del ritual diario del baño. Como no conocían el jabón, antes de sumergirse en el agua eliminaban la suciedad y el sudor aplicándose aceites aromáticos.

Al salir del baño llegaba el momento de usar desodorante. Para los romanos se presentaba en forma de polvos, semejantes a nuestros polvos de talco, y se elaboraba a partir de un sulfato llamado alumbre o de los posos de otros perfumes, que se esparcían sobre el cuerpo y la ropa. Las rosas, las flores de iris, las hierbas de cálamo o el jengibre figuraban entre los ingredientes más habituales.

Termas romanas en Bath, Inglaterra

Termas romanas en Tub, Inglaterra. 

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El dentífrico también formaba parte de la vida cotidiana de los romanos, aunque se empleaba para pulir el esmalte o aliviar el dolor de muelas, más que para prevenir las caries. Se aplicaba también en polvo y contenía ingredientes bastante exóticos: piedra pómez, cenizas de diente de perro, conchas, cráneos de liebre o cuernos de distintos animales pulverizados…, todo mezclado con raíces de lirio.

Masticaban hojas de laurel o canela para refrescar el aliento, aunque también combatían la halitosis con una especie de chicle a base de resinas y aceites.

Este texto forma parte de un artículo publicado en el número 518 de la revista Historia y Vida. ¿Tienes algo que aportar? Escríbenos a redaccionhyv@historiayvida.com.

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