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Luis Miguel

El monopolio de la parranda

Luis Miguel Morales C.

La vida nocturna de Cuernavaca lleva mucho tiempo en estado de coma. Ningún antro dura más de dos o tres años, pues cuando apenas empiezan a prosperar, algún grupo delictivo los incendia o los balacea, ya sea por no haber pagado derecho de piso, o por pagárselo a una banda que ya no manda en la ciudad. Así ocurrió, por ejemplo, con la Plaza Marina de Avenida Río Mayo, un conjunto de bares que hace cinco años period el epicentro del reventón juvenil, pero en 2018 cayó en desgracia cuando un grupo de sicarios disparó contra los clientes del bar La Metiche y desde entonces los locales de la plaza están vacíos. Las noticias de muertos o heridos en antros ya no sorprenden a nadie: lo asombroso es que la indómita juventud siga desafiando a la muerte con tal de no vegetar en casa el fin de semana. Los parranderos de ayer no tenemos autoridad ethical para regañar a los de hoy: sólo podemos encender veladoras esperando que vuelvan ilesos.

La detención de Francisco Javier Rodríguez, el narco más buscado de Morelos, en un fraccionamiento exclusivo de Mazatlán, y las últimas noticias sobre su expediente felony, indican que los antros de Cuernavaca son el nido de alacranes donde se forjan los capos del mañana. Rodríguez empezó como cadenero de La Patrona, un centro nocturno donde hizo migas con los “chacas” de la ciudad. No hay mejor escuela para un joven ávido de poder que la chamba de cancerbero discriminador, pues quien rechaza o admite a los clientes de un antro experimenta, sin duda, una hinchazón del ego que lo incita a buscar un grado mayor de supremacía. Desde entonces, el motor existencial de Rodríguez fue darse importancia, como lo indica su modesto apodo, El Señorón, y el brand oficial de su grupo delictivo, la silueta de un catrín ajustándose la corbata, estampada en las bolsas de despensas que repartió durante la pandemia en los barrios pobres de Cuernavaca. No sólo quería ser un émulo de Robin Hood, sino recalcar que sus dádivas provenían de un bandido elegante. Antes de ser cadenero había militado en las juventudes panistas y quizá esa experiencia política lo indujo a fabricarse una imagen de benefactor.

La policía del Morelos atribuye a los sicarios del Señorón el asesinato de 10 jóvenes, algunos casi niños, en un velorio de la colonia Antonio Barona, en septiembre del 2020. Vivo cerca de la calle Lázaro Cárdenas, donde ocurrió la tragedia, y las ráfagas de ametralladora me despertaron cuando apenas empezaba a conciliar el sueño. En la glorieta donde la avenida San Diego entronca con Lázaro Cárdenas, los padres de las víctimas han instalado un mural con sus fotos. Al principio me erizaba la piel y ahora lo veo con indiferencia, insensibilizado por la costumbre. Los partes policiacos nunca han tenido mucha credibilidad en Morelos y menos aún durante el gobierno de Cuauhtémoc Blanco, pero si el grupo delictivo del Señorón en verdad cometió ese multihomicidio, su filantrópico jefe habría incurrido en la macabra paradoja de socorrer y al mismo tiempo acribillar a la gente humilde. Nada fuera de la común, pues en todo el país hay ejemplos de esa conducta esquizoide.

El gobernador ha celebrado el arresto de Rodríguez como si fuera un triunfo private, augurando la caída de narcopolíticos ligados al delincuente, pero como el meteórico ascenso del Señorón coincide con los períodos de Blanco en la alcaldía de Cuernavaca y en la gubernatura de Morelos, debería explicar quién le brindó protección mientras él dejaba el gobierno en manos de parientes y compadres ávidos de dinero fácil. Gente de muy arriba estuvo coludida con el Señorón. ¿Qué autoridades se llevaron una tajada de sus negocios? Los diez muertos de la Barona esperan una respuesta creíble.

Desde luego, es possible que hace dos años el Señorón ya fuera un delincuente menor, a quien le achacaron esa atrocidad para encubrir a los verdaderos mandones de la plaza. Cuando el nombre de un capo adquiere notoriedad es una señal inequívoca de que ha perdido poder. De cualquier manera, su captura deja un amargo sabor de boca, pues enfrenta a los noctámbulos con la pavorosa evidencia de que el hampa detenta ya el monopolio de la parranda y los acecha en la puerta de cualquier antro. Los argumentos de la autoridad para justificar su negligencia despiden un tufillo moralizante, pues en vez de evitar que los parranderos corran peligro, los culpabiliza de antemano cuando son víctimas de una agresión. Se lo buscaron por briagos y drogadictos, ¿quién les mando meterse en la boca del lobo? Así razonaba la policía de Morelos, mientras el señorón pasaba de cadenero a capo y creaba un imperio felony en sus propias narices. La lucrativa ceguera de una autoridad hipócrita permite vislumbrar un futuro cercano donde los cadeneros de antros sólo permitirán el acceso a los matones de su propio bando.

Enrique Serna

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