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Friday, Oct 7, 2022
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Luis Miguel

La cogida y la madrugada mortal de Manolete

Manuel Laureano Rodríguez Sánchez fue casi un huérfano de nacimiento en Santa Marina de Córdoba después de que su padre se muriese cuando el futuro matador, de nombre ‘Manolete’, tenía cinco años. Los toreros le colgaban del árbol genealógico desde Lagartijo a Machaquito y terminó debutando como novillero en Cabra en 1931. Le pilló la guerra sin despuntar aún, salvo con el estoque, aunque parecía tener algo nuevo que podía soliviantar a los tendidos.

La alternativa se la da Chicuelo en Sevilla en 1939 y en Madrid le confirma Marcial Lalanda. Para entonces ese algo nuevo estaba identificado en una rigidez de torre garbosa que le hizo rápidamente un mito y un millonario veinteañero. En México fue un Dios y en el Chicote de Madrid dicen que se dejó llevar (mal) por el amor con la actriz Lupe Sino.

Islero, el penúltimo de la tarde

Aquel 28 de agosto de 1947 estaba llena la plaza de Linares. Habían ido a ver a Manolete y al joven Luis Miguel Dominguín, de 21 años. El cordobés acababa de cumplir los 30 y dicen que se quería retirar. Más que nueve años, en realidad había una vida entera entre ambos. Cuentan que Luis Miguel cortó una oreja antes del quinto que le tocaba a Manolete, pero que sus banderilleros le llevaron corriendo (period una carrera) la otra y también el rabo.

Manolete en el suelo tras ser cogido al entrar a matar por IsleroGTRES

Islero se llamaba el penúltimo de la tarde. La faena period de triunfo, pero hubo una comunión deadly. El estoque mágico del torero se hundió en el toro al mismo tiempo que el cuerno penetraba en el muslo del matador matado, que cayó al albero de cabeza. Veinte centímetros hacia arriba y quince hacia abajo le seccionaron la safena y tocaron la femoral. Casi una hora duró la operación para mantenerle con vida hasta que llegase el physician Jiménez Guinea, el cirujano de Las Ventas, que viajaba desde Madrid con el polémico plasma noruego.

El plasma noruego

Dicen que este plasma estaba en mal estado, después de que había reaccionado bien a las primeras transfusiones, lo que produjo el empeoramiento sin remedio del torero. Hasta le había dado unas caladas a un cigarro en la espera. De la confusión posterior y del lento paso del tiempo fue consciente el matador, inquieto. En el ínterin cuentan que, pasado el efecto de la anestesia, le dijo a su primo banderillero: «Pelu, ¡cómo me duele la ingle!».

Cuando llegó el médico de Madrid con el plasma que le metieron, Manolete sintió la muerte volver y pidió que se lo quitaran, pero ya había entrado en el cuerpo, peor que el cuerno. Lo antepenúltimo que le dijo al médico fue que no sentía una pierna, y luego que no sentía la otra. Lo último que dijo en la negra madrugada linarense fue ya de viaje al otro lado: «Don Luis, no veo».

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