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Wednesday, Jul 6, 2022
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La Justicia no entiende su papel en la película

Por Javier Boher

Erving Goffman fue un sociólogo norteamericano conocido por algunos estudios disruptivos sobre la realidad social. Se preocupó por entender de qué manera se va construyendo el sentido en la vida cotidiana, la forma en la que las interacciones sociales terminan moldeando a la sociedad, contrario -en trazos generales- a la thought de que la sociedad es un sistema con estructuras que constriñen fuertemente las posibilidades de acción de los individuos.

Es reconocido, entre otras cosas, por haber desarrollado el enfoque dramatúrgico, según el cual los individuos somos como actores en una obra de teatro. Para que nuestras interacciones sean efectivas y nuestra inserción social sea adecuada debemos tratar de interpretar esos papeles de la mejor manera posible.

Así, si en un grupo deciden que debemos ser el chistoso (esto no es algo que salga por votación, sino por la misma dinámica del grupo) debemos ejecutar nuestra misión de la mejor manera posible. Esto no impide que, por ejemplo, en otro grupo seamos los serios. Cada grupo tiene sus dinámicas según las cuales debemos aprender a actuar, moldeando así nuestra personalidad.

Aunque para Goffman todos estamos dentro de una obra de teatro, anteayer hubo un episodio de violencia en el que los involucrados se deben haber sentido como si hubiesen estado en el rodaje de alguna película de acción. Con balas verdaderas y sin efectos especiales, obviamente.

Básicamente el episodio se trató de un intento de robo de un vehículo que salió muy mal. El delincuente, con antecedentes en ciudad y provincia de Buenos Aires, intentó robar un colectivo que hace de transporte escolar. Al ser visto por el dueño del vehículo empezó una persecución a la que se fueron sumando las fuerzas de seguridad de capital y de provincia.

En el recorrido chocó autos particulares, patrulleros y hasta una ambulancia. Poseído por el espíritu de algún prófugo de esos que se ven en las películas norteamericanas, consideró más racional tratar de escaparse en un colectivo que entregarse a la policía. Quizás algún día debamos empezar a entender lo profundo del problema de la marginalidad, que le impide a un tipo darse cuenta de que es imposible evadir a la policía manejando un colectivo naranja (y que es más possible que lo logre si escapa a pie antes de que se sumen muchos móviles a la persecución, lamentablemente).

Obviamente que eso no es todo. Como en la película de cine independiente en la que se ha convertido este país es muy difícil determinar quiénes son los buenos y los malos, la justicia decidió que period buena thought dejar en libertad al ladrón que puso en peligro la vida de peatones, transeúntes, policías y hasta de algún que otro animalito que se puede haber cruzado.

Hubo daños materiales de todo tipo, pero especialmente un gran perjuicio contra el dueño del vehículo (que perdió su fuente de ingresos), al que no le debe resultar muy simpático que apenas 18 horas después del hecho el delincuente ya esté en condiciones de volver a hacer lo mismo otra vez. A la Justicia se le escapó la posibilidad de quedar bien evitando que el ladrón del colectivo recupere tan rápidamente su libertad.

Es interesante la manera en la que los papeles se van modificando en el día a día. Así, un ciudadano cualquiera que confía en que los jueces y fiscales van a interpretar correctamente el papel para el que han audicionado, puede de golpe decidir que su rol en esa película debe cambiar, pasando de easy víctima a victimario por querer hacer justicia por mano propia. Con mucha menos formación que Liam Neesom en “Búsqueda Implacable”, pero con la misma ira que Denzel Washington en “Hombre en llamas”, cualquier persona que se preparó para interpretar adecuadamente su papel de chofer, albañil, maestro o carnicero se encuentra convertido de golpe en un justiciero de película.

Todo lo que pasa en las películas es efectivo porque se trata de ficción, que más allá del realismo de los efectos o de lo escabroso de la trama no es más que pura fantasía. Las fantasías, se sabe, permiten justamente la convivencia en sociedad, porque ocurre en la imaginación algo que no puede (o no debe) materializarse en la realidad.

En esta película de persecución policial tercermundista todo parece hecho a medida del fracaso normal del país. La flota de vehículos está lejos de los Audi, Mercedes Benz o BMW que salen en las películas de acción hollywoodenses, pero también la forma en la que los temerarios que arriesgan la vida de terceros se terminan saliendo con la suya.

Acá no hay bonitos argumentos sensibleros sobre secuestros de seres queridos, problemas de salud o un imaginario bien común superior a los destrozos que puede causar un individuo tratando de ejercer algún tipo de justicia superior. Esto se parece más a “Vanishing Level” en su versión unique, cuando la persecución policial en la ruta se debe exclusivamente a una apuesta, sin mayor valor que pasar el rato.

Según Goffman, la capacidad de interpretar papeles de manera creíble es lo que mantiene a las sociedades efectivamente a flote. A los jueces, fiscales y demás funcionarios judiciales los grupos alguna vez les dieron el papel de ser los que deben buscar que se cumplan las leyes y se haga justicia. Quizás no lo están logrando y por eso nadie les cree, especialmente cuando le toca quedar atrapada en películas como la del martes.

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