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Monday, May 16, 2022
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Música y letra, fama y principios | Opinión

Dos leyendas de la música, Eric Clapton y Neil Younger, encarnan esta semana las luces y sombras de las redes sociales, su poder y sus riesgos.

La sombra. Clapton concedió una entrevista a un canal de YouTube llamado The Actual Music Observer, pero en la charla hubo poca música, mucho coronavirus y casi nada de realidad. El guitarrista aseguró, entre otras cosas, que los vacunados lo hicieron “hipnotizados” por la “publicidad subliminal” lanzada por las farmacéuticas a través de la misma plataforma: YouTube. Sus declaraciones llegaron rápidamente a Twitter, que se dividió en partidarios —agrupados en la etiqueta #IsupportClapton, yo apoyo a Clapton— y detractores —que inventaron el término #covidiot, o sea, covidiota—. Su música sigue sonando como los ángeles, que lloran en el cielo, pero se le ha atascado la letra.

La luz. Cuando aún no nos habíamos recuperado del disgusto de ver a un genio decir una sandez, vino Neil Younger a salvarnos. El cantante irrumpió en la lista de temas más comentados de Twitter al lanzar un ultimátum a Spotify: o eliminaban el podcast del cómico Joe Rogan, otro abonado a las teorías conspirativas y antivacunas, o él retiraba su obra, 60 años de canciones, de la plataforma musical. “Los jóvenes creen que Spotify nunca ofrecería información gravemente incorrecta. Desafortunadamente, están equivocados. Se venden mentiras a cambio de dinero. Me di cuenta de que no podía continuar contribuyendo a la potencialmente mortal desinformación de Spotify”, explicó. “Pueden tener a Rogan o a Younger. No ambos”, añadió.

La plataforma eligió al cómico; la media de audiencia de cada capítulo de su programa es de 11 millones de oyentes. Su público le ha oído contar cómo se trataba la covid con un medicamento veterinario desaconsejado para humanos y entrevistar a un virólogo, Robert Malone, cuya cuenta había sido eliminada por Twitter porque, entre otras cosas, comparaba la campaña de inmunización en EE UU con el Holocausto.

El éxito de propagación de las palabras de Clapton evidencia uno de los principales defectos de las redes: la confusión de fuentes. Los medios de comunicación tradicionales están obligados a informar con rigor, y eso empieza por acudir, en cada asunto, a la autoridad o referencia más competente. En el caso de una pandemia, por ejemplo, un epidemiólogo. Un artista no puede informar sobre el coronavirus, sí opinar, pero su popularidad, sumada a un arma de difusión masiva, provoca a menudo que se tome una idiotez —vacunación por hipnosis— como una posibilidad.

La contundente reacción de Neil Younger habla, por su parte, del valor de los gestos. El artista tampoco es una fuente adecuada para hablar de la pandemia, ni puede resolver el problema de la desinformación, pero sí llamar la atención al respecto. Younger entiende que su fama implica una responsabilidad, sabe que mucha gente lo escucha y por eso no quiere “contribuir” a desinformar a su audiencia compartiéndola con un antivacunas. Al abandonar Spotify, que cuenta con 165 millones de suscriptores en todo el mundo, el artista, de 76 años, pierde el 60% de las reproducciones de su obra y sacrifica la posibilidad de acercarse masivamente al público más joven.

Younger ya demandó a Donald Trump por usar canciones suyas en sus mítines —“No puedo permitir que mi música se use para una campaña de ignorancia y odio que divide a los estadounidenses”—; y se desvinculó de Fb y Google por entender que facilitaban la circulación de “falsedades y mentiras”. Nunca han sido baratos los principios.

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