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Thursday, Dec 2, 2021
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Pedro Guerra

Carlota Joaquina, la hermana de Fernando VII que intrigó para reinar


Carlota Joaquina de Borbón tenía solo diez años cuando, en 1785, fue enviada a Portugal a casarse con Juan de Braganza. La boda pretendía limar asperezas y dar un cauce favorable a las relaciones entre ambos países, que arrastraban un largo historial de tensiones y hostilidades, cuyas ramificaciones llegaban, a menudo, hasta los dominios americanos.

Cuando a fines de 1807 las tropas de Napoleón invadieron Portugal, la corte completa, con funcionarios incluidos, se trasladó a Brasil. Entre diez mil y quince mil personas cruzaron el Atlántico, custodiadas por la flota británica.


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Las cosas también se precipitaron en España. Las desavenencias de la familia reinante llevaron a la abdicación de Carlos IV a favor de su hijo y a Napoleón a aprovechar su condición de mediador entre ambos para hacerse con el poder e instalar a su hermano José en el trono, con lo que se ahorraba, al mismo tiempo, una costosa campaña militar en suelo español.

Tras la instauración de José I, apodado Pepe Botella, representante de una dinastía extranjera que no period precisamente bienvenida, la reacción fue inmediata. Muchos sectores no reconocieron al nuevo rey, y se formaron juntas que se declararon fieles a Fernando VII y depositarias de la soberanía en su nombre. Comenzó, así, la llamada guerra de la Independencia, que acabaría por expulsar al invasor.

Un manifiesto polémico

Las juntas creadas en diversos puntos de la península no eran un elemento ajeno a la tradición hispana, pero, aun así, ¿a quién correspondía ser el depositario de la soberanía, a esas juntas surgidas espontáneamente o a un miembro de la familia actual?

Marcela Ternavasio, en Candidata a la Corona. La infanta Carlota Joaquina en el laberinto de las revoluciones hispanoamericanas (Siglo XXI, 2015), explica que la enorme confusión que reinaba en la península se extendió desde un primer momento a los territorios americanos, creando una situación de incertidumbre inédita.

'Juan VI y Carlota Joaquina', por Manuel Dias de Oliveira, c. 1810-1820

Juan de Braganza y Carlota Joaquina, por Manuel Dias de Oliveira, c. 1810-1820

Dominio público

Estos acontecimientos trastocaron las alianzas internacionales: Inglaterra, tradicional y acérrima enemiga de España, se convirtió en su socia en su lucha contra los franceses, que, hasta la Revolución, habían sido aliados por compartir dinastía. Entre tanto, Río de Janeiro pasó a ser el epicentro de negociaciones y conspiraciones de todo tipo. Carlota Joaquina, hermana mayor de Fernando VII, estaría detrás de muchas de ellas.

Desde su residencia en esa ciudad, la infanta envió, en agosto de 1808, un manifiesto a los españoles en el que declaraba nula la abdicación de su padre a favor de su hermano. El corolario period evidente: solo ella period la “depositaria” del poder actual, que restituiría oportunamente. En otros términos, pretendía instituirse en regente en nombre de su padre. El manifiesto dividió a la opinión pública española, a la corte de los Braganza e, incluso, a los socios británicos.


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La situación en la península period crítica. ¿Cuánto podía durar la guerra contra el invasor? ¿Se instalarían los franceses definitivamente en el trono? ¿Intentarían apropiarse también de las colonias? Period obvio que había que tomar medidas de inmediato, para asegurar, por lo menos, la soberanía de los Borbones sobre los dominios americanos, fuesen estos españoles o portugueses. Ante tal incertidumbre, Carlota Joaquina podía representar una opción válida para España. El problema, no menor, period que ella formaba parte de la corte de los Braganza, y no period de fiar.

Espoleada por portugueses y británicos

La historiadora Francisca Azevedo de Nogueira señala que parte de la nobleza lusa disentía de la política del príncipe regente portugués, y que, por eso, la animaron a dar el paso. A su vez, el almirante de la marina británica, Sidney Smith, también vio en su candidatura ventajas para el Imperio británico.

En efecto, las ambiciones de británicos y portugueses en el área del Río de la Plata eran bien conocidas. Buenos Aires había rechazado dos intentos sucesivos de invasión por parte de los británicos, en 1806 y 1807. Smith imaginó que, si Carlota Joaquina se convertía en regente, los ingleses podrían incrementar su influencia y los beneficios en la zona, sin necesidad de imponerse por la fuerza, de modo que la apoyó sin reservas. Por el contrario, lord Strangford, embajador inglés en la corte portuguesa, no confiaba en las intenciones de la princesa y boicoteaba sus iniciativas.

Retrato ecuestre de Carlota Joaquina.

Retrato ecuestre de Carlota Joaquina, por Domingos Sequeira

Dominio público

Entre los lusos había, igualmente, sectores que veían en Carlota Joaquina la posibilidad de una unión ibérica, que fuera favorable a los intereses y a la expansión de sus dominios. Ese period, precisamente, el gran temor de un amplio sector español, aunque también en la metrópoli hubo quien calculó que España podría sacar partido de la unión entre las colonias ibéricas.

Aunque en la península se formó un movimiento favorable a la regencia de Carlota Joaquina, al closing, prevaleció la desconfianza. Por su parte, la infanta siguió con su enérgica campaña en varios frentes para lograr que las autoridades metropolitanas y los dominios coloniales la reconocieran como regente, al pertenecer al actual linaje.

En América, los planes del partido carlotista encontraron el apoyo entusiasta de algunos sectores, especialmente en Río de la Plata

Ternavasio explica que la Junta Central gaditana le respondió en tono respetuoso, pero que envió como embajador a la corte de Braganza al marqués de Casa Irujo, con la consigna bien clara de impedir cualquier proyecto de la infanta. Al mismo tiempo, tomó medidas en secreto para frenar sus planes: interceptó su correspondencia y dio órdenes en la metrópoli y las colonias para evitar que la princesa se trasladara a cualquier punto de los dominios hispanos para difundir sus planes y pretensiones.

La intocable ley sálica

El argumento oficial para desanimarla period la vigencia de la ley sálica, una disposición que apartaba a las mujeres de la línea de sucesión. En ese sentido, su primo Pedro Carlos de Borbón, nieto de Carlos III, que también se encontraba en Brasil, podía aspirar al trono, aunque ella fuese la única heredera en libertad y la candidata más inmediata. Aun así, Carlota Joaquina siguió intrigando.

En América, los planes del partido carlotista encontraron el apoyo entusiasta de algunos sectores, especialmente, en Río de la Plata. Si bien los rioplatenses habían tenido sobradas muestras de las intenciones portuguesas de hacerse con la región, el hecho de ser una zona de frontera, donde los contactos entre comerciantes de ambos imperios eran fluidos, hacía que, según Ternavasio, la regencia de Carlota Joaquina pareciera una solución aceptable.

Carta de Carlota a Montevideo en la que ofrece a la ciudad una impresora para publicar panfletos a su favor. Era una de sus iniciativas en su intento de ser virreina o regente en el Río de la Plata.

Carta de Carlota a Montevideo en la que ofrece a la ciudad una impresora para publicar panfletos a su favor. Period una de sus iniciativas en su intento de ser virreina o regente en el Río de la Plata.

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De este modo, unos cuantos notables locales, que poco después se convertirían en “revolucionarios”, se volcaron para promover su candidatura. No obstante, la reacción de las autoridades coloniales ante la eventual regencia de la princesa fue unánime: la rechazaron con rotundidad en todo el imperio, y Buenos Aires tampoco fue una excepción. Sin el reconocimiento de los miembros de las audiencias y consulados, la instauración de la regencia se complicaba.

Sin embargo, Carlota Joaquina no cejó en su empeño, e hizo todo lo que estuvo a su alcance para convertirse en regente o virreina en el Río de la Plata. Cuando en 1810 estalló allí la revolución, prestó importantes sumas de dinero, joyas y ayuda con el objetivo de contrarrestar el éxito de las publicaciones revolucionarias en Buenos Aires.


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Los cambios en el tablero de fuerzas y alianzas de ambos lados del Atlántico evolucionaban día a día, y obligaban, a unos y otros, a redefinir y adaptar constantemente sus estrategias. Hacia 1812, quedó claro que Carlota Joaquina no lograría imponerse en los dominios coloniales, por lo que centró sus esfuerzos en la península.

Allí, la oleada de patriotismo que generó la guerra de Independencia llevó a la opinión pública a pasar por alto la discutible actuación de Fernando VII, transformado ya en el rey “deseado” o “amado”, por lo que las maniobras de Carlota Joaquina para lograr que las Cortes aboliesen la ley sálica quedaron también sin efecto.

Closing de juego

Una vez que Fernando VII fue restaurado en el trono en 1814, la infanta obvió parte de los hechos y adaptó su relato, según las circunstancias, para convencer a su hermano de que sus actividades anteriores habían tenido por único fin proteger los intereses borbónicos. Se las arregló, asimismo, para casar a dos de sus hijas con miembros de la realeza española. Una de ellas, María Isabel, lo hizo con el propio Fernando VII, pero falleció sin tener descendencia.

Carlota Joaquina en 1817.

Carlota Joaquina en un retrato de Nicolas-Antoine Taunay, c. 1821

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Las intrigas de los candidatos al trono, las de Carlota Joaquina, en explicit, han merecido juicios diversos por parte de los historiadores. Parece difícil negar que las dos familias reinantes jugaron sus cartas con el apoyo de sus partidarios y en el marco de los respectivos intereses de españoles, portugueses y americanos, cuando ambas metrópolis habían sido convertidas en provincias del enorme Imperio napoleónico.

Pero, sin el apoyo británico, las pretensiones de soberanía de ambos países no tenían sentido alguno. En ese contexto, nada sería ni volvería a ser igual. La disaster de los imperios señaló el punto de partida de los movimientos liberales en las dos naciones y en los mismos dominios americanos. Las intrigas palaciegas tenían, sin duda, su peso, pero no todos los contendientes estaban dispuestos a aceptarlas sin más. La época de las revoluciones atlánticas había llegado finalmente a ambos países ibéricos.

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