9.6 C
New York
Tuesday, Oct 4, 2022
Image default
Rosalia

Rosalía y la sutil ironía de nuestro tiempo

Rosalía. Foto: Cordon Press.

Rosalía es fascinante. No hablo de su música, sino de ella como icono. Es hábil. Se mueve en el mundo del espectáculo con la misma naturalidad que una actriz de la década de los cincuenta con su público. Es una hija de la modernidad líquida y de un Andy Warhol que, si viviera, contemplaría con fascinación los pasos artísticos de la catalana. Cada lanzamiento musical de Rosalía es un acontecimiento en nuestro país.

Si el año pasado se hicieron diversas críticas de lo último de C. Tangana hablando de su reivindicación del Madrid castizo, atrapado en la dicotomía entre el «comunismo o libertad» de Isabel Díaz Ayuso y el «no pasarán» de Pablo Iglesias, hoy es Rosalía quien copa la crítica cultural y social con Motomami y su gira. La catalana ha cambiado las reglas del juego. Antes, el artista period un dandi, un trovador de la vida bohemia que rechazaba el orden burgués; ahora es un juglar más de la sociedad de consumo. Quiere ser un ganador. Ser parte de un sistema que adora las revoluciones estéticas. Rosalía se ríe de la trascendencia y de la seriedad del arte, haciendo de Motomami un pastiche de diversos estilos que nos invita a pensar en la transgresión como imperativos estéticos de una sociedad deseosa de disidentes. 

Rosalía ha evolucionado, con todos los riesgos que eso conlleva en una sociedad que pide lealtades inquebrantables a sus artistas. No vengo a hablar de Motomami desde el punto de vista musical, porque ni soy músico, ni productor, sino de lo que significa ser Rosalía en esta época. En ella encontramos constantemente giros abruptos, como cuando asistes a una clase de spinning y, de repente, el monitor hace un cambio brusco de movimiento y te quedas pegado al sillín de la bicicleta, maldiciéndolo por destrozar tus cuádriceps. La catalana es una artista que podemos escuchar en grandes cadenas de gimnasios o en McDonald’s. No creo que la podamos culpar por ser coherente con su objetivo: ser un icono de masas. Trascender en una época en la que la historia devora y escupe al artista con más facilidad que nunca es difícil; y más cuando los likes son el equivalente del pulgar de un emperador romano en el Coliseo.

En Rosalía hay desparpajo y ligereza, presentismo como vacuna ante el futuro incierto y amenazador. Y es lógico. ¿Acaso podemos pensar en otra cosa? El relato liberal del closing de las ideologías acabó con la posibilidad de imaginar utopías colectivas. Durante la Guerra Fría, en un mundo bipolar atrapado entre el bloque occidental y el soviético —democracia y totalitarismo— aún había cierta esperanza para soñar. Sin embargo, después de la caída del Muro de Berlín, la democracia de masas —aquella que vio en la modernidad industrial y en la tecnología la salvación del ser humano—, vivió su closing de época como consecuencia del desgaste paulatino de la socialdemocracia. El realismo capitalista —parafraseando a Mark Fisherno se opone ya a lo moderno: es una atmósfera normal que condiciona no solo la producción de cultura, sino también la regulación del trabajo y la educación, actuando como una barrera invisible que impide el pensamiento propio. El realismo capitalista trata acerca de la desregulación de todos los aspectos de nuestra vida, apelando a la responsabilidad particular person en detrimento de la social, y del funcionamiento de nuestra sociedad como si de una gran empresa se tratase.

Ante la incapacidad de proyectar mundos soñados que desafíen la dolorosa realidad en que nos encontramos, la lógica del realismo capitalista precise extirpa el deseo de la revolución. Esto se percibe clarísimamente entre los que vivieron mayo del 68 y sus hijos y nietos: ya no se convoca a los jóvenes a cambiar el mundo, sino más bien a evitar aquellos comportamientos que, cegados por la búsqueda de utopías, trajeron el totalitarismo. Desde la perspectiva del neoliberalismo, la misión de convertir a los jóvenes en nómadas transnacionales que acumulen recursos de todo tipo y pierdan el sentido de la existencia ha sido un éxito. El neoliberalismo acabó con la temporalidad e introdujo la sensación de que el futuro solo es conceivable como un blockbuster en el marco de un pasado carente de continuidad histórica. El pragmatismo le ha ganado la batalla al idealismo. Este punto de vista quizás nos ayude a entender de dónde partimos para analizar un fenómeno como el de Rosalía. 

El mundo de la cultura no es ajeno a este fenómeno. La condición posmoderna fluye y refluye: podríamos decir, de hecho, que el presente roto, desolado, constantemente se borra a sí mismo, dejando pocas huellas. Las cosas llaman nuestra atención por un momento, pero sin que las recordemos por mucho tiempo. Sin embargo, los recuerdos antiguos persisten, intactos. Todo lo que se experimenta en el presente y lo que se ve en el futuro no es sino un pasado que ya no podemos recordar. La amenaza no es la nostalgia del pasado, sino nuestra incapacidad de salir de este. Incluso la nostalgia «futurista» y «vanguardista» de Rosalía es una huida sin éxito de la melancolía por el pasado. La catalana es un fenómeno cultural asociado a nuestro deseo de habitar un mundo transformado en imágenes y simulacros de realidad. Muerto el bohemio romántico y melancólico, el juglar precise desecha lo malo del producto, hace un trabajo de reciclaje y lo convierte en algo presentable. Es un cínico moderno que no busca oponerse a lo establecido, sino que desarrolla un pragmatismo que cualquiera reconoce como sabiduría. Se erige en un comediante especializado en mostrar la contradicción de un mundo que, en el fondo, desprecia.

Rosalía y los artistas de música urbana se dejan suplantar por sus propios personajes, utilizando recursos de la autoficción para construir su identidad, luchando contra su propia bancarrota emocional y contra la necesidad del cambio político a través de una concepción elitista del ego. La catalana hace refulgir su yo estableciendo su necesidad creativa mediante una imagen atractiva para las aburridas clases medias, muy en consonancia con los artistas americanos. Si observamos la portada de Motomami vemos a una Rosalía que mezcla lo heteronormativo y lo queer. No se outline. Es más: lo evita a toda costa. El arte para ella es maniobra de escapismo. Y su imagen, un oasis en el medio del desierto: un juego de espejos en el que uno verá solo lo que quiera ver. Deforma el lenguaje o se hace pasar por periodista en El Hormiguero para recabar opiniones de los viandantes sobre su carrera. Busca despertar a las impenitentes clases medias de su adormecimiento de la mano de una ironía que promueve el distanciamiento del artista de los compromisos políticos de nuestra period. Hay que verlo todo como un juego: el artista no quiere tu participación, solo tu energía. La profundidad del vínculo que unía al artista con su público ha sido sustituida por la superficie. El espectáculo señala el momento en que la mercancía ha colonizado la vida social. 

Rosalía. Foto: Cordon Press.
Rosalía. Foto: Cordon Press.

La melancolía del periodismo cultural

Los análisis que se han hecho de Motomami han sido curiosos, porque se han centrado en el ya caduco debate acerca de la alta y la baja cultura. La sombra de Carlos Boyero se cierne en todos aquellos que profetizan continuamente la decadencia de costumbres en el ámbito cultural. Casualmente, ese desprecio a fenómenos como Rosalía acerca más al periodista pedante a las masas que desprecian que a la élite que veneran. El institution periodístico español, con su culto a la «tradición», al «buen gusto» es más poppie y masa que nunca, cuando reivindica nombres de autores y músicos como garantía de calidad, apelando a la confianza ciega en el criterio de los mass media, despreciando todo aquello que se salga de los viejos cánones. A partir de esa premisa, muchos periodistas culturales adoptan una posición de Catón de la ethical pública y atacan la irracionalidad del vulgo y su simpleza.

 

Este tipo de interpretaciones no dista de la sociólogos del Antiguo Régimen como Gustave Le Bon, que veían en toda manifestación de la masa y de sus emociones como algo horripilante. El periodista poppy publica en suplementos dominicales, adopta la faceta del intelectual melancólico y en un tono apesadumbrado solo ve degeneración. Echa de menos el siglo XX y el siglo XXI le ha pillado ya con el paso cambiado. Lucha incansablemente por darle un sentido a su existencia y a la de los demás, ofreciendo dioses allá donde solo hay cíclopes. Y entonces la buena voluntad, el deseo de ayudar a los oprimidos de todo tipo, se acaba convirtiendo en un pliego de cargos contra un público analfabeto.

Es esa desidia frente a los cambios es lo que hace peligrosos a todos los que postulan el «cualquier tiempo pasado fue mejor», puesto que con ese desdén obvian que todo análisis cultural ha de indagar en las inquietudes y los cambios de la sociedad en que se encuentran. Aun así, muchos de ellos optan por actuar de forma arrogante, llevándose las manos a la cabeza, haciendo llamamientos a la «cordura» y al «buen gusto». Cuando el pueblo no les hace caso, se retiran a su cueva, con el orgullo herido. Rosalía ha hecho un álbum para una juventud que ni mucho menos es como la de épocas anteriores a la hora de relacionarse con la cultura. Nos muestra contradicciones, pero ninguna verdad. Si el arte de la modernidad buscaba imponer su verdad a través de sus grandes relatos, el arte precise revela la inutilidad de cualquier intento de progreso colectivo. Rosalía cuestiona la realidad sin criticarla abiertamente. Nos abre los ojos a través del cinismo del diletante, reflejándonos que es el artista y no el arte lo que importan. Canta a una sociedad que le da más importancia al artista que a la obra. Coge conceptos, los hace visibles, y con muchas capas interpretativas, sin censura y lirismo, se lo presenta al público.

El reciente Motomami World Tour también ha servido para poner en la diana a la catalana por la ausencia de músicos en directo. ¿Por qué molesta que Rosalía no lleve músicos en directo? Depeche Mode, hasta Music for the Plenty, llevaban todo pregrabado menos la voz, Def Leppard graban las guitarras dobles y los coros. Y esos sí simulan estar tocando en directo. Motomami se basa en la voz de la artista sobre un pattern sencillo —en ocasiones también de su propia voz—, alguna base rítmica programada y una pincelada instrumental aquí y allá. El «fraude» sería poner a un DJ falso palo simulando que está pinchando. Es una presentación lógica y honesta del materials. Y más cuando la catalana ya hizo versiones de El mal querer con un guitarrista flamenco en su gira anterior. 

El directo de Rosalía nos anuncia lo que ya sabíamos gracias al realismo capitalista: ya no hay ni habrá revoluciones televisadas. En un mundo sin tantas pantallas, sin embargo, teníamos oportunidades. Pero todo eso ha desaparecido. Todo se nos exhibe desprovisto del atractivo del misterio. No podemos proyectar en nuestra sociedad más orden o desorden del que hay. Ahí está la debilidad de nuestro tiempo y que Rosalía exhibe con su música y en sus reveals: los pensamientos del cambio, las utopías revolucionarias y esa poética de la subversión que anunciaron los popes de la modernidad, ya no servirán de nada ante el cinismo precise. Hace mucho que los medios de comunicación salieron de su espacio mediático para asaltar la vida «actual» desde dentro. A la catalana en sus conciertos no le hace falta ni el casco de la portada de Motomami ni complicadas combinaciones digitales: su voluntad acaba por moverse en sus conciertos como un psicodrama retransmitido y destinado a cortocircuitar la vida actual de los espectadores. La banalidad intencionada de la artista es, precisamente, lo interesante de la estética: no se trata solo de exaltar su subjetividad creadora, sino también aniquilar el objeto. Sublimar el fetichismo de la imagen. En el Motomami World Tour todo es ficticio: ya no hay relación con el sujeto, sino con el mero deseo de objeto.

¿Por qué a muchos nos gusta la catalana? Porque es la banda sonora de los milenials y de la generación Z. Existe entre nosotros la sensación de que no somos capaces de salir del estado de ansiedad permanente. La diferencia es que las generaciones previas contaban con una pink de seguridad, un horizonte de expectativas y un espacio autónomo en el cual la vida tenía sentido fuera del trabajo. Los milenials confiaron en la nueva política y asistieron a la derrota de Tsipras, Sanders, Corbyn y a la salida anticipada de Pablo Iglesias del Gobierno, el ascenso de la ultraderecha, la configuración del mapa político europeo related a la década de los treinta del siglo pasado, una pandemia y la sensación de vivir en un estado de alarma permanente. Somos start-ups existenciales, como Rosalía, pero sin su éxito y creatividad. En España, un país con un paro tan alto, es inevitable que la gente joven se sienta atraída por estos artistas que muestran una visión hedonista. Nuestro yo se convierte en un espejo vacío a fuerza de saturación de información. Nos expresamos más y, paradójicamente, tenemos menos cosas que decir. Por eso, cuanto más reclamemos una visión subjetiva de nosotros mismos y de las cosas, más vacíos estaremos. Rosalía enfoca los problemas de nuestro tiempo y nuestra preocupación por el futuro mediante TikTok. Se asoma nuestro abismo mediante un bastardismo cultural que mezcla euforia, ansiedad y anhedonia. Anhedonia que tiene su origen en la prolongación de las lógicas del capitalismo en nuestro ocio. Ella ha transformado esa pulsión, desfigurándola y convirtiéndola en una aplicación para el móvil más. Es una bohemia moderna que nos permite configurar nuestra estructura de sentimiento explicit, prometiéndonos libertad a cambio de renunciar a la emancipación. El espejo de una sociedad que solo busca divertirse hasta morir y que no está preparada para una libertad alejada del consumo. 

Rosalía. Foto: Cordon Press.

Related posts

Rosalía: todas las referencias ocultas a C. Tangana en ‘Motomami’ | Urbano

admin

así pasó del on line casino de su pueblo a triunfar en Los Ángeles

admin

Descubre por qué este es el facial favorito de Eiza González, Rosalía y otras famosas

admin

Leave a Comment